En los meses del confinamiento provocado por la primera ola de la pandemia de coronavirus en 2020, nos vimos obligados a negociar muchos aspectos de nuestras vidas y acostumbrarnos a nuevas situaciones de forma apresurada. Durante este tiempo también perfeccionamos varias facetas del acto de mirar. Mirar y leer las noticias a diario para estar informados de la evolución de la pandemia se convirtió en un hábito. Hubo gente que dedicó gran parte de su tiempo libre a mirar vídeos, desde películas y series a clases de fitnes online y tutoriales de YouTube. Otras personas comenzaron a observar su entorno y se percataron de detalles que habían pasado por alto en sus rutinas diarias antes de la pandemia. La vida misma se convirtió en algo digno de observar, desde la distancia, mediada por imágenes, pantallas y dispositivos. Aunque la gente comenzó a prestar más atención a su entorno exterior —y posiblemente disponía de más tiempo para contemplar la naturaleza o escuchar atentamente a su alrededor— el confinamiento domiciliario puso de manifiesto la imposibilidad momentánea de acceder a los espacios, a las personas, a los encuentros y, en definitiva, a lo que solía ser normal.
Una de las principales formas de recuperar nuestra capacidad de acceder a la normalidad, mientras nos adaptábamos a esta nueva y extraña realidad, consistió en habitar los espacios en red y traducir las prácticas de la vida a las pantallas. Las imágenes fijas y en movimiento, enmarcadas en toda suerte de pantallas e interfaces, actuaron como puntos de acceso a esta nueva normalidad. Las plataformas de redes sociales no solo se emplearon como canales de noticias, sino también como un diario visual del confinamiento donde la gente creaba, compartía, reproducía, consumía y abordaba el imaginario de la pandemia así como sus experiencias de la cuarentena. Capturar este momento universal de pausa y compartir experiencias online generó un sentido de colectividad que no estaba presente en las interacciones físicas.
En este proceso en el que se recuperó el acceso a las experiencias personales y sociales durante la pandemia, la extensa producción y circulación de contenido visual por internet estuvo acompañada de la participación en eventos visuales online y en red. Se utilizaron ampliamente plataformas de streaming y programas de videoconferencia con el objetivo de entretenerse, celebrar reuniones de trabajo y mantener las relaciones sociales. Espacios que solían estar alejados entre sí, como el domicilio, la oficina, el cine, el gimnasio o el bar, se fusionaron en la dimensión de la pantalla. Las aplicaciones gratuitas de videollamada—como Skype, Zoom, Jitsi, Microsoft Teams o Houseparty— albergaban reuniones en directo en un intento de imitar la normalidad: tomarse algo con los amigos, hacer reuniones de trabajo, asistir a clase, hablar con la familia en el extranjero, hacer clases de fitnes, ver espectáculos en directo y celebrar cumpleaños y bodas; la vida social se había vuelto accesible gracias a los espacios virtuales, sin moverse de casa.
A las puertas de un segundo confinamiento, este texto parte del intento de recuperar el acceso a la normalidad a través de imágenes y eventos en red a fin de reflexionar sobre las condiciones de visualidad[^1] que se formaron durante los primeros meses de la pandemia. Durante dicho período, las medidas de distanciamiento social propiciaron un aumento de la comunicación visual, así como una amplificación del papel que desempeñan las pantallas a fin de acceder a la nueva realidad. El contexto visual de la presencia digital, así como el hogar como espacio de producción y consumo, pasaron a ser elementos centrales en la experiencia de esta realidad. Al participar en el momento actual —interconectado y extremadamente visual—, también es crucial tener en cuenta qué retos surgen y entender las implicaciones biopolíticas que acarrea enmarcar la vida en pantallas.
En una videollamada, es habitual que uno de los participantes comparta la pantalla para hacer una presentación o aclarar algo con los interlocutores mientras les señala los pasos exactos en la pantalla. En las condiciones del teletrabajo o al reproducir los rituales de la vida social a través de las aplicaciones y las reuniones online debido a la covid-19, este acto de compartir pantalla tuvo una cara opuesta que también amerita una reflexión: la obligación de compartir de forma sistemática el espacio doméstico en todas las reuniones. Pese a que existe la opción de añadir una imagen de fondo en una videoconferencia[^2] o de apagar la cámara, la mayoría de personas han podido curiosear, al menos una vez, los espacios personales del entorno doméstico de sus colegas, amigos o jefes.
En las primeras semanas del confinamiento, las imágenes de las estancias domésticas y los espacios personales subrayaron las condiciones comunes que experimentaban muchas personas: el hecho de verse recluidos, buscando formas de abordar el nuevo statu quo. Así, ver a otras personas publicar una foto o conectarse a un espacio online ‘desde casa’ creaba un sentido de familiaridad y unidad, así como una esperanza de formar parte de este momento global. Sin embargo, aunque con el paso del tiempo las medidas del confinamiento se fueron suavizando, el teletrabajo y el distanciamiento social llegaron para quedarse como una norma necesaria para evitar la propagación del virus. Los fondos de las estancias domésticas continuaron, por tanto, siendo el marco de gran parte de la comunicación y las interacciones sociales, con imágenes de la domesticidad desdibujando las fronteras del espacio personal, el espacio público y el espacio de trabajo. En este escenario, compartir imágenes del entorno doméstico, como instantáneas o fondos de vídeo, no es solo una forma de acceder a la nueva normalidad, sino que también pone en evidencia el tiempo dedicado frente a las pantallas y, por consiguiente, el tiempo productivo.

© Ioanna Zouli
El hogar se percibe como un espacio de producción y trabajo y vivimos una desacralización del tiempo y el espacio personal: el acceso a las pantallas es continuo y la expectativa de asistir a eventos online acaba permeando en la cotidianidad. Patrick Lichty describe este fenómeno en su texto sobre la teletopia y la época de Zoom (2020): “Una vez estás ahí y formas parte de la escena, hay que cumplir unas expectativas, lugares a los queacudir y ser visto. Este punto es crucial: la exigencia de ver y ser visto”.[^3] Por lo tanto, en estas circunstancias, estar conectado no basta para demostrar la presencia o la eficacia de una tarea. También es fundamental aparecer en la pantalla, enmarcado en una imagen, encajado en las ventanas de la pantalla junto a otros rostros, otros cuerpos e interiores de otras casas. El acto de mirar se complementa, pues, con el acto de que otros nos miren; no solo agentes no humanos que extraen datos de nuestra actividad en la pantalla, sino también otros humanos que participan en encuentros incorpóreos en la pantalla y que, a su vez, generan valor al compartir las imágenes de sus caras y sus espacios.
El concepto de desacralización del espacio doméstico y el tiempo libre en los eventos en red es una idea inspirada en el análisis de Siegfried Zielinski sobre la obra de Nam June Paik. Durante su carrera artística, Paik trabajó extensamente con medios técnicos y temporales, interviniendo en su función y ampliando sus límites para crear instalaciones, esculturas y sucesos que reflexionaban sobre la ontología de los aparatos tecnológicos y los espectáculos multimedia. Su obra es especialmente oportuna, teniendo en cuenta cómo la vida cotidiana ha migrado a las pantallas en 2020 y la cantidad de eventos en red y espectáculos multimedia que han emergido en nuestros dispositivos. En 1965, Paik creó una instalación con medios mixtos titulada La luna es la televisión más antigua (Moon is the Oldest TV). La instalación consistía en una sala oscura en completo silencio en la que los visitantes se encontraban con una sucesión de televisores; cada televisor mostraba una imagen fija del ciclo lunar, desde la luna llena a la luna nueva. La pieza era un “gesto meditativo”, tal como lo describió Patricia Mellencamp (1995), una invitación a meditar sobre el acto de mirar y cómo la forma en que experimentamos el mundo ha cambiado desde la llegada de la televisión.
En otra lectura de la obra, Siegfried Zielinski señala en su libro [… After The Media] (2013) el influjo que han tenido la luna y su imagen en las personas a lo largo de la historia de la humanidad. Según Zielinski, mirar la luna y observar su ciclo natural ha sido, para personas de cualquier origen y cultura, no solo una indicación del paso del tiempo sino también una “pantalla de proyección” personal de sus pensamientos, anhelos y sueños. En La luna es la televisión más antigua, Paik sitúa la luna de forma crítica en una pantalla de televisión y, de este modo, pone su espacio de proyección personal a disposición del gran público y, por lo tanto, lo seculariza. En palabras de Zielinski: “Cuatro años antes de que el primer astronauta pusiera un pie en nuestro satélite, Paik —con atrevimiento y reivindicando su propiedad y, por consiguiente, convirtiendo en profano un lugar sagrado—desacraliza la luna, un elemento sagrado para el sentido del tiempo de la Tierra”. Cuando Paik creó esta obra, la televisión era la absoluta protagonista del panorama cultural en EE. UU. y monopolizaba la mayoría de hogares estadounidenses como dispositivo central de entretenimiento e información. Tanto la instalación como su título aluden al impacto de la cultura televisiva en sus inicios y cómo un dispositivo multimedia intensifica y construye la realidad de los espectadores. La interpretación de Zielinksi añade una dimensión significativa a esta obra que también es pertinente en las condiciones contemporáneas pospandémicas de la visualidad: la cultura de la pantalla puede ser omnipresente hasta el punto de que el tiempo personal que pasamos alejados de la pantalla—como el tiempo de ocio o los momentos de anhelo—pasa a convertirse en una representación plana[^4] y elude su temporalidad característica.

Imagen cortesía de Gabriel Zea. CC BY-NC-SA 2.0
Es crucial, por lo tanto, tener en cuenta la omnipresencia del tiempo durante el que nos exponemos a las pantallas en las prácticas cotidianas, así como en la inercia de la vida, en las condiciones actuales. La ubicuidad de las pantallas en la vida contemporánea no es nueva: históricamente arranca con la televisión como dispositivo de radiodifusión doméstico y se expande ampliamente en los años del milenio con internet, los ordenadores personales y los dispositivos móviles ‘inteligentes’. Lo que resulta especialmente interesante del momento actual, sin embargo, es en qué medida es necesario no ya el tiempo en frente de las pantallas sino la condición de estar en la pantalla con tal de mantener una cierta normalidad. Es algo que recuerda al concepto de telemorfosis de Jean Baudrillard, un término que describe la integración de las pantallas en la vida diaria de las personas en ósmosis total con la realidad.
En su libro de 2005 sobre el programa de telerrealidad francés Loft Story, Baudrillard identifica una intrusión total de las pantallas en las vidas de las personas de tal modo que una realidad incorpórea continuamente mediada deviene la norma. El concepto de telemorfosis, que literalmente significa ‘dar forma’ o ‘crear a distancia’, continúa estando vigente hoy en día. Se ha producido una transformación evidente de las estructuras de los medios de comunicación y de la comunicación de uno-a-muchos que aborda Baudrillard al sistema distribuido de comunicaciones en red que permite la contribución y el intercambio de muchos agentes distintos. Sin embargo, en el panorama de medios postelevisivos y en red del covid-19, la inmediatez de las pantallas no solo da forma a una realidad incorpórea sino también a sujetos y participantes incorpóreos dentro de esta realidad. Mientras el ‘distanciamiento social’ sea imprescindible para proteger la salud pública, la mediación de la realidad, así como los espacios interiores, los cuerpos tras las pantallas, los rostros enmarcados y los ojos en una pantalla se considerarán normales. Ahora bien, lo que también debe tenerse en cuenta en este proceso es que acceder a la realidad a través de pantallas, pestañas del navegador y ventanas del ordenador no es un fenómeno que esté exento de costes para las personas.
La realidad incorpórea que vivimos en el primer confinamiento —y que todavía vivimos— principalmente a través del teletrabajo, así como en los actos sociales celebrados online, contrasta con la experiencia corpórea de sentarse frente a las pantallas y las arquitecturas físicas de nuestro hogar. Las medidas de la pandemia impusieron un inmovilismo físico a fin de evitar aglomeraciones y escenarios de contactos sin mantener la distancia en espacios públicos y, como respuesta, se ha desencadenado una enorme movilidad virtual en las pantallas y entre dispositivos. El flujo de contenido y movimiento visual —desde videoconferencias y plataformas de redes sociales a aplicaciones y pestañas del navegador— tiene, por lo tanto, un impacto en el cuerpo inerte frente a la pantalla. Más allá de la exposición de la domesticidad y la falta de espacio y tiempo personales, las actividades digitales y el teletrabajo acarrean una carga física: el hecho de sentarse tras las pantallas todo el día, mirando dispositivos y concentrando la atención en pequeños marcos y múltiples interfaces.
Dividir la atención en distintas pantallas y actividades virtuales es un ejercicio mentalmente agotador que provoca lo que Julia Sklar, entre otros[^5], describe en National Geographic Science como “fatiga de Zoom”.[^6] El agotamiento que se siente al asistir a muchas reuniones online está relacionado con una “atención parcial continua” y al esfuerzo de captar muchos estímulos a la vez: semblantes, señales verbales y no verbales o el tema de la conversación. En la misma dirección, Patrick Lichty habla de la “ansiedad de Zoom”, una expresión que describe el estrés que supone hablar ante una cámara y desempeñar un acto social en la pantalla, así como la tensión de estar presente y concentrado mientras ocurren otras cosas al mismo tiempo. Además, la ansiedad causada por la secuencia y las exigencias de los eventos en red a menudo se suma a la ansiedad generalizada provocada por la crisis sanitaria y los efectos económicos, sociales y políticos de la pandemia. Así pues, de forma similar a cómo el tiempo frente a la pantalla desacraliza el espacio personal y el tiempo libre, la condición de estar en la pantalla y ‘desempeñar un rol’ en los eventos online puede socavar el derecho de la gente a sentir dicha ansiedad. Asimismo, tal como Annie Abrahams y Daniel Pinheiro mencionan en su último artículo Embodiment and social distancing (2020), las videoconferencias son muy exigentes desde un punto de vista psicológico “porque nuestro cerebro necesita procesarse como cuerpo y como imagen”. Este procesamiento implica tanto a la imagen del otro como la imagen de uno mismo en un proceso continuo en que uno mira y es mirado.
Está claro que la proliferación actual del teletrabajo y de eventos visuales en red como solución a los problemas que han emergido a raíz de la pandemia tiene un impacto biopolítico muy significativo en las vidas de las personas que es necesario enfatizar con insistencia; especialmente debido a que la condición esencial del distanciamiento podría volver a surgir en futuras crisis sanitarias o ecológicas. Por supuesto, no todas las personas pueden autoaislarse y no todos los trabajos se pueden desempeñar virtualmente. Esto acentúa las divisiones y desigualdades[^7] sociales existentes y crea una brecha entre los trabajadores esenciales expuestos a los riesgos del mundo físico y lo que Lichty denomina “la clase telemática”: trabajadores que se quedan en casa con innumerables responsabilidades telemáticas. Los teletrabajadores, constantemente conectados e inmóviles, participan en una cadena de producción de cuerpos solitarios en autoaislamiento; una nueva microeconomía que Ariadna Estévez ha descrito elocuentemente como zoomismo.[^8] En el modelo del zoomismo, el hecho de no tener que desplazarse hasta el centro de trabajo, sumado al estado de conectividad permanente, son factores que incrementan la productividad, al tiempo que aportan valor añadido “ya que los costes operativos de las oficinas corporativas se transfieren a los trabajadores: la electricidad, internet, el agua e incluso el café”. A su vez, parece difícil salir de esta situación y hacer las cosas de otra manera, ya que no existen alternativas claras, al menos no en el momento en que nos encontramos ahora.

© Ioanna Zouli
Tras esta serie de reflexiones, queda claro que las imágenes en red y los eventos virtuales han sido cruciales en el proceso de reivindicar aquello que era normal antes del covid-19. En los últimos meses, la gente se ha adaptado a nuevas condiciones de socialidad y trabajo migrando las prácticas cotidianas a las pantallas, las interfaces y las imágenes. Sin embargo, la participación en este momento de interconexión también ha exigido adaptarse a nuevas condiciones de visualidad: mantener una presencia visual online continua entre plataformas y marcos de ventanas; la falta de contacto visual físico, en contraste con la hiperactividad que exige mantener la atención en las pantallas; o la participación en actos en que uno mira y es mirado por otros en su propia casa. Asimismo, el tiempo diario se ha disgregado en las pantallas, entre microtareas y microeventos online, en una urdimbre de cuerpos, rostros, espacios y debates enmarcados. Si tenemos en cuenta la capacidad de acceder y estar conectados que ofrecen las tecnologías en red y la comunicación visual en este momento de crisis, a menudo es difícil discernir cuándo este flujo constante de estímulos visuales es algo que vale la pena conservar o es preferible dejar pasar. Sin embargo, la idea de que compartir espacio y tiempo personales online deba ser algo esencial o inevitable para poder mantener las relaciones vivas y la economía en marcha nos obliga a incorporar una visión crítica. Cuando por fin nos adentremos en el período pospandémico, será importante reinvindicar nuestra agencia sobre la realidad emergente, tanto en las pantallas como fuera de ellas.
Referencias
ABRAHAMS, Annie, D. Pinheiro, M. Carrasco D. Zea, T. La Porta, A. de Manuel, D. Casacuberta, P. Gatell, and M. Varin, Embodiment and Social Distancing: Projects, Journal of Embodied Research, 2020, Vol. 3 (2), 4 (27:52), DOI: https://doi.org/10.16995/jer.67
BAUDRILLARD, Jean (2011), Telemorphosis, Trad. Drew S. Burk, University of Minnesota Press.
MELLENCAMP, Patricia (1995), The Old and the New, Art Journal, 54:4, 41-47, DOI: 10.1080/00043249.1995.10791718.
ZIELINSKI, Siegfried, (2013), [. . . After the Media]: News from the Slow-Fading Twentieth Century, University of Minnesota Press.
Cómo citar:
ZOULI, Ioanna, “Encajados en imágenes: eventos en red y condiciones de visualidad durante la pandemia de COVID-19”, LUR, 17 de diciembre de 2020, https://e-lur.net/investigacion/encajados-en-imagenes-eventos-en-red-y-condiciones-de-visualidad-durante-la-pandemia-de-la-covid-19/
[^1] Según se desprende del análisis del término realizado por Irmgard Emmelhainz en su texto de 2015 “Conditions of Visuality Under the Anthropocene and Images of the Anthropocene to Come”, publicado en el n.º 63 de la revista e-flux.
[^2] Una característica que ofrecían algunas aplicaciones móviles y programas informáticos y que presentaba sesgos en su algoritmo; véase, por ejemplo, este hilo de Twitter de Colin Madland sobre el sesgo racial en el algoritmo de reconocimiento facial de Zoom.
[^3] Véase “Agony and the Ecstasy: Zoom Burnout, Teletopics and the Age of Covid”, de Patrick Lichty, publicado en el blog del Institute of Network Cultures, 11 de agosto de 2020.
[^4] Al respecto, véase también el artículo de Drew Austin “Home Screens. Quarantine is the future big tech wanted us to want. How long before we want out?”, publicado en Real Life Magazine, 27 de abril de 2020.
[^5] Véanse también, por ejemplo, los relatos sobre la fatiga de Zoom recopilados por Geert Lovink en su artículo “The anatomy of Zoom fatigue” publicado en Eurozine, 2 de noviembre de 2020.
[^6] Véase el artículo “‘Zoom fatigue’ is taxing the brain. Here's why that happens”, de Julia Sklar, publicado en National Geographic Science, 24 de abril de 2020.
[^7] Al respecto, véase también el artículo “Out of office: has the homeworking revolution finally arrived?”, de Joe Moran, publicado en The Guardian, 11 de Julio de 2020.
[^7] Véase el artículo “How working from home is changing our economy forever”, de Ariadna Estévez, publicado en el blog de Oxford University Press, 21 de mayo de 2020.
Ioanna Zouli (Atenas, Grecia, 1986) es investigadora y comisaria con un interés expansivo en las culturas visuales y en red. Actualmente se dedica a la investigación en colaboración con el Centro de Nuevos Medios y Prácticas Públicas Feministas y el Centro para el Estudio de la Imagen en Red. Es editora de unthinking.photography y comisaria adjunta durante 2020 de la Fundación Stavros Niarchos (Artworks).
“Encajados en imágenes: eventos en red y condiciones de visualidad durante la pandemia de la covid-19” forma parte del itinerario de investigación La imagen de la pandemia dirigido por Jon Uriarte.
Traducción de Jordi Esteve.
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