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La mirada oblicua siguiente

Graciela De Oliveira, Mariano Horenstein, Ros Boisier y Luis González Palma
Opinión

Espacio para el pensamiento y la reflexión crítica sobre el sentido y el significado de imágenes de la pandemia del COVID-19

“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”. Luis González Palma

© Joshua Irwandi 

Graciela De Oliveria

Esta fotografía “ha sido recibida con fascinación y rechazo” comenta David Beard, e introduce en su nota opiniones del profesor y curador, Fred Ritchin: “Para mí, la imagen era de alguien a quien tiran… descartan… momifican, deshumanizan, otrorizan… La gente ha otrorizado a las personas que padecen el virus porque no quiere estar cerca del virus”.

El concepto de otredad es un producto de la antropología occidental y poco usado en las ciencias orientales (Said). Refiere a la conciencia de uno mismo en otra cultura; desde la fascinación y la exotización pasa a una mirada de rechazo de los otros sin, los que no tienen lo que nosotros tenemos. Pero, “cuando esos otros son nuestros vecinos” (Ginsburg), quienes pueden transmitirnos el COVID-19, la otredad requiere profundizar las conciencias científicas, sociales y periodísticas, como insinúa esta nota. Porque para los que pueden vivir aislados, “son los otros quienes mueren” (Duchamp), sus números aumentan en las noticias que, en general, hacen un uso evolucionista de la relación nosotros-otros y crean una sinonimia de otredad con alteridad y aún con extrañamiento, todos términos fundamentales de las ciencias humanísticas.

El fotoperiodista Joshua Irwandi fue acusado en su país de “inventarse la noticia” y de ser “esclavo” de la Organización Mundial de la Salud. Sus comentarios —“nos hemos alejado de la intención fotoperiodística de mi imagen […] creo que voy a intentar pasar desapercibido un tiempo”— traslucen la negativa alteridad —identificación con otro diferente— que esta historia reproduce de los lugares donde la pandemia se volvió incontrolable: países identificados con modelos neoliberales sacrifican vidas para salvar empresas; medios locales tragados por el poder de autoridades neófitas o narcisistas desinforman. Otros responsables de visibilizar para sensibilizar —campo del arte, ciencias sociales, humanidades— están alterados, y también entretenidos, haciendo algo desde casa para el entretenimiento de otros confinados.

Irwandi, pensando que “debemos reconocer el sacrificio y el riesgo que corren médicos y enfermeros”, y esperando que “esta imagen inste a los indonesios a extremar las precauciones y a salvar vidas”, practicó un extrañamiento —crítica autónoma, realizada desde los mecanismos internos de la propia disciplina— periodístico. El “extrañamiento no afecta a la percepción, sino a la presentación de la percepción”, dijo Shklovski al introducirlo en la crítica literaria en 1914. Las ciencias sociales lo redefinieron como una conciencia práctica que permite repensar nuestras perspectivas de análisis. En idioma español extrañamiento también significa notar la ausencia de algo o alguien. Todas nociones aplicables a la sensibilidad profesional y ética de Irwandi, que lo llevaron a tener que retirarse un tiempo. ¿Se sentirá solo como el personaje de su foto?

Mariano Horenstein

La imagen evoca la de una momia. Envuelta en polietileno en vez de vendas, se trata inequívocamente de un cuerpo inánime. El contexto define cómo leemos la fotografía: un cuerpo amortajado de plástico en una cama hospitalaria es un cuerpo que ha dejado de existir en el hospital; y pareciera que nadie merecería una foto así en este tiempo si no fuera por el bendito virus. Y no se ha preparado el cuerpo así para que viaje al país de los muertos intacto y goce de la buena compañía de los dioses, sino para que no se lleve otros cuerpos en su travesía.

Los de quienes han cuidado a esa persona mientras se pudo, en primer lugar, quienes lo han querido también. El cuerpo que levita sobre la misma cama donde quizás haya soltado el último soplo es un cuerpo que partirá solo.

Un costado atroz de la peste, de consecuencias aun difíciles de calcular, es la dilución del ritual de ver a quienes mueren, de conversar mientras se los despide, de bromear celebrando una vida mientras se llora una muerte. La muerte no es la misma hoy en día, y despedimos a nuestros muertos como si despacháramos paquetes para el ultramundo.

Si los otros están ausentes de la imagen, no lo está quien la captura. El fotógrafo elige participar de la fotografía, y quizás consuma así un nuevo ritual. Elige estar en un sobrio reflejo, en un punto virtual más allá de la ventana. Cada fotografía pone en juego una ética, y en este caso dice: el fotógrafo es parte de la fotografía que construye. Como Velázquez se pinta pintando en Las Meninas, elige no correr la cortina color mostaza y permanecer como un fantasma que dispara su cámara desde el fondo índigo. Como si quisiera mostrar que los muertos no deben estar solos.

Si tomar una fotografía, como temían los indígenas, implicaba capturar el alma del sujeto fotografiado, vaciando su cuerpo de vida, el fotógrafo quizás atrape el alma en el momento preciso que abandona el cuerpo. Y se convierte así en testigo y albacea y archivero. Y hace que, inventando una ceremonia que no existió, ofrezcamos palabras para nombrar la pérdida.

Ros Boisier

El reflejo del fotógrafo en la ventana es el enlace con el que establezco un pacto de ‘verdad’ con esta fotografía de una persona fallecida por COVID-19 en una habitación de un hospital en Indonesia, y es lo que mantiene mi atención para dar forma a las ideas. No dudo ni sospecho de la transparencia informativa de la imagen porque asumo el propósito divulgativo del fotoperiodista Joshua Irwandi y el prestigio de National Geographic, medio publicador. Mi interés está lejos del impacto y de la polémica que ha suscitado la fotografía en la opinión pública, más bien se centra en la presencia del fotógrafo en la imagen y en su traje de protección sanitaria para acercarme a su experiencia humana más que al hecho noticioso en sí: ¿por qué reparo en el reflejo del fotógrafo y no en el cuerpo amortajado en plástico sobre la cama? Cuestiono ante esta pregunta mi sensibilidad y el estado de mi capacidad de asombro después de meses de consumo informativo sobre la pandemia: dosis elevadas de crisis, miedo, dolor y muerte.

El reflejo de Irwandi es clave para aproximarme a su experiencia personal porque puedo vincular su punto de vista y su imagen como una señal sensible que me permite empatizar con la escena por lo que evidencia, sugiere y oculta. Su reflejo es también el mío, por tanto en esta lectura surge un efecto de traslación que da sentido a su presencia y a la señal, puedo situarme en la escena al interiorizar e identificar lo que representa esta fotografía: el reclamo de las consecuencias sanitarias, políticas y sociales de la pandemia.

El reflejo de Joshua Irwandi en la ventana me ha permitido pensar en aquellas personas que arriesgan y han arriesgado sus vidas por salvarnos de la muerte. ¿Qué otros estímulos hubiesen surgido en mí si las cortinas estuvieran corridas?

Luis González Palma

La imagen es perturbadora. Nuestra mirada se dirige hacia un cuerpo que yace en la cama de un hospital. Con desconcierto percibimos que ese cuerpo ha sido cuidadosamente amortajado con una cinta plástica para que no sea fuente de contagio del virus que ha diezmado al mundo en los últimos meses. Ese cuerpo parece una larva atrapada por sus propios hilos, ha sido sujetado, empaquetado, manipulado, hasta ser transformado en un saco de gérmenes envasados. Con asombro nos percatamos que estamos frente a un cadáver que de alguna forma ha sido extrañamente domesticado.

Pienso que lo complejo de esta fotografía radica en que este cadáver amortajado simboliza nuestra condición de sujetos, es decir, personas moldeadas por patrones culturales, históricos y políticos. Estamos sujetos a las narrativas y a las fantasías que nos hacemos de nosotros mismos y a las que la sociedad ha hecho de nosotros. Al ver este cadáver advertimos que, independientemente de estas cintas de plástico que lo embalsaman, hubo otras mortajas invisibles, simbólicas, que lo sujetaron y lo normaron mucho antes de su muerte. Lo que ahora vemos en este cuerpo es simplemente la representación de un adoctrinamiento simbólico que ha pasado inadvertido a lo largo de su vida.

Percatarnos de que somos cuerpos regulados por ideologías de poder y disciplina y asumir que estamos sujetos a nuestros paradójicos deseos inconscientes nos genera cierto vértigo, ya que cuando las mortajas se vuelven visibles advertimos nuestras propias ataduras, convenciones, dependencias, y normativas culturales.

La repulsión que podemos sentir ante esta imagen proviene de que ese cuerpo, atrapado en su propia historia, se vuelve inesperadamente simbólico, se transforma en una especie de espejo en donde sorpresivamente, y con cierto estupor, nos vemos reflejados.


La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirectora de LUR a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

19 comentarios

  1. Olmo González dice:

    Me invitan por mail los administradores de la web a que comente esta entrada. De primeras, además de violentado, me siento un poco frívolo escribiendo con la foto de un cadáver abriendo la página. No puedo dejar de pensar en ello, pero ya estoy aquí, he caído en esta trampa e intentaré zafarme de la mejor manera que pueda.

    En el post se habla de repulsión, y es lo que creo se consigue con imágenes así, que miremos para otro lado, rechacemos lo que vemos y anulemos la empatía. Si la intención con este tipo de imágenes es concienciar y promover una relación más responsable para con el virus, se corre el riesgo de hacer lo contrario, ignorarlo, borrarlo de la memoria, e incluso se puede acabar rechazando su veracidad, como se ha comentado en la entrada. Las imágenes son ambiguas, no responden a todas las dudas y preguntas, y menos si van solas, sin contexto, sin otras imágenes o sin texto explicativo, incluso con todo ello pueden ser interpretadas de mil maneras diferentes.

    Me preocuparía aún más escribir y ahondar en la atención a esta imagen si este fuera un foro con público masivo, con potencial para su difusión indiscriminada sin la reflexión que la acompaña. Esta imagen circulando por redes sociales es demasiado potente y agresiva, se puede convertir en un arma, en otro mecanismo más de polarización.

    Desconocía la imagen de este post y su contexto, pero me recuerda a otra publicada en mi país. En medio de lo más duro de la pandemia en España, fue polémica una portada de un diario importante con una imagen de un fallecido víctima del COVID. Dicha portada se utilizó para desestabilizar al gobierno, pero también sirvió para que los profesionales del fotoperiodismo cayeran en lo peor del corporativismo, negando toda posibilidad de debate y aprovechando la atención para exigir mayor acceso a morgues, hospitales y espacios igualmente conflictivos. Lo peor es que se hizo sin tener un mínimo de compasión con el sujeto fotografiado, lo que le separa aún más de la empatía y la llamada a la responsabilidad del espectador, que se supone es el fin de dicha imagen.

    Además de cuestionar el rol del fotoperiodismo hoy en día, creo que es un error promover la difusión de este tipo de imágenes, la tome quien la tome. Entiendo la utilidad de documentar lo que está pasando, para el futuro, pero su publicación en el presente es peligrosa y contraproducente, especialmente en redes sociales, un contexto diseñado especialmente para mantener a los espectadores enganchados, también a base de agresiones visuales y polémicas de todo tipo en absoluto constructivas.

    1. graciela De Oliveira dice:

      Olmo, hay tanto para mirar en las redes que cada uno puede elegir qué ver, o si decir algo o no. Escribiste un largo texto al respecto, y eso indica que la imagen no te resulta indiferente. La indignación también fue expresada en el país del reportero, por ahí es necesaria, porque miramos al pasar y a veces ponemos “me gusta” sin profundizar en lo que vemos, por ello valoro que tú te expreses honestamente al respecto, es una señal de tu responsabilidad como espectador que acepta seriamente una invitación a opinar. Gracias por tus palabras, me hacen pensar mucho.

  2. tammuro dice:

    La fotografía tiene una composición clásica donde un objeto flota sostenido por la regla de los tercios; un escenario estetizado que despierta duda detrás del drama inmediatamente. Este objeto es una mezcla de imagen arquetípica, memoria mortuoria, con teatralidad explícita: el encuadre perfecto, ¿pero un recorte de la realidad ¿Un cuerpo, en qué circunstancias y en qué lugar?

    Cómo foto documental abre muchos interrogantes, porque también podría tratarse de una interpretación metafórica, una intervención artística un sanatorio modelo.

    No hay mayor información y precisamos de ella para que la foto en verdad conmocione emocional e intelectualmente. Como interpretación del campo de observación se podría pensar en el desesperado envoltorio/intento para contener aquello que solo busca expandirse y utiliza vehículos para ello, un virus por ejemplo. La asepsia de objetos, actividad y emoción le dan esa temperatura de solitaria barca sagrada.

    1. Graciela De Oliveira dice:

      Me parece que es una imagen “grandilocuente”, quiero decir, más allá de la intención del fotógrafo, los medios se valen de una espectacularidad que muchas veces exceden ese instante capturado desde una intuición de que algo potente está ocurriendo. Si la situación fue aséptica, no lo fue su difusión. Acuerdo en que una fotografía –periodística sobre todo– es un recorte de una realidad mayor, como proponía Sontag, uno elige si quiere ver esa realidad o quedarse con ese mero recorte como un espejo. ¡Gracias por compartir opinión!

  3. nani boronat dice:

    El COVID 19 , está siendo la “crónica de una muerte anunciada”. Es como una guerra que no ha hecho más que empezar y las primeras víctimas son las más fotogénicas, En Irak continúan los tiroteos, y aquí estamos. El cadaver que esta fotografía muestra, no importa cuando ha sido el motivo mortífero, nos cuentan que ha sido Covid19, pero perfectamente puede haber sido un accidente de tráfico. El caso es, que el drama está en los vivos, en ponerse en la piel de una persona, en edad avanzada – de las que se codifican como de máximo riesgo– que comienza a sentir los primeros síntomas de la enfermedad ,y, que intuye lo que le espera pero no lo conoce en ese momento, esa sensación es la verdaderamente angustiosa. La que todos tenemos situada a la vuelta de la esquina. Como el habitante de una ciudad sitiada, que se despierta cada mañana, preguntándose si ese va a ser el ultimo día de su vida. A ver si nos empezamos a dar cuenta que : no todo es , necesariamente, tratable fotográficamente.

    1. graciela de oliveira dice:

      Hola Nani, creo que justamente por eso comunicarnos con la excusa de una fotografía nos permite ponerle palabras a nuestras preocupaciones, angustias y abrir una solidaridad, un acompañamiento. Gracias por estar presente

  4. Adela González De León dice:

    Imagen que atraviesa la sensibilidad crudamente. Me genera la reflexión sobre la vivencia de soledad del ser humano. Más allá de lo contextual, parecería existir una auto-reclusión, un encapsulamiento del individuo en su propio “mundo”, en el que la empatía y la solidaridad pasarían a ser valores heroicos y no naturales y estructurales del SER humano, como deberían serlo por esencia. El grado de polisemia de la fotografía invita a mucho más reflexiones.

    1. graciela de oliveira dice:

      Hola Adela, ¿no crees que en estas situaciones develamos lo que somos y vemos al otro hacer lo mismo? Hay descubrimientos tristes, pero también comportamientos responsables y éticos, toda la gente que trabaja en salud, por ejemplo, de manera anónima y esencialmente comprometidos, supongo que tomar decisiones como esta en un hospital debe ser muy discutido, pero debe primar la razón por cuestiones sanitarias.

  5. Martín M. dice:

    Es curioso el cuestionamiento de la muerte que puede provocarnos una imagen, cuando ya históricamente nos hemos enfrentado a fotografías mortuorias y mortales tantas otras veces y las cuales incluso hemos disfrutado, aunque suene morboso, ya sea por cuestiones puramente estéticas o por curiosidades histórico sociales que se desprenden de lo visual. Pero ha sucedido, nos hemos enfrentado a esas postales y ha sido quizás esa percepción de un tiempo pasado en el que se sucedieron los hechos lo que nos otorga cierta tranquilidad frente al sujeto, espasmos previos superados. El impacto en esta ocasión proviene, creo, de la sensación de cercanía, nunca tan próximo el fin, si es que existe, nunca tan vulnerables o conscientes de nuestra mortalidad e incluso de la fragilidad del cuerpo. No recuerdo bien en este momento quien decía que nos gustaba ver imágenes mortuorias porque eso nos daba la sensación de bienestar, de estar a salvo, de no ser el sujeto en la imagen. La otredad, evidentemente. Sin embargo ahora vemos estas imágenes y como somos parte de ellas, a diario, de manera casi inevitable, y además los medios nos viven bombardeando de muerte tras muerte, ya no es la otredad, es más la proximidad, el temor de preguntarnos cuándo nos tocará ser el retratado, cuándo nos convertiremos en objeto de fijación y terminaremos siendo no más que un cuerpo frente a una cámara. Me pregunto, además, cada vez que veo una imagen de muerte, si es que a quienes nos dedicamos a la fotografía estas imágenes nos afectan de manera diferente, quizás esta premisa de fotografiar para no ser fotografiado, coger la cámara para no ser atrapado por ella nos provoca el vértigo de tener esa perpetua sensación de quién nos hará la foto del final, si es que lo tendremos y si es que este valdrá la pena en imágenes. El síndrome del cazador cazado, supongo. 

  6. marie-geneviève alquier dice:

    Esta imagen parece ser real, pero sólo es una representación de la realidad. Aún así, sirve para darnos cuenta de que la muerte existe y nos espera a todos, tarde o temprano, algo que sabemos pero nos resistimos a admitir, más en una cultura social que nos lleva a perseguir los paraísos, por ejemplo el de una inmortalidad posible.

    Lo primero que me viene a la mente es el aislamiento del peligro, su reducción y encerramiento bajo varias películas de plástico, reduciéndolo a un simple cadáver apestado, por lo tanto desechable evitando cualquier contacto, siquiera visual –pienso en los apestados del siglos pasados, tirados en la calle, medio desnudos y de su entierro con cal: los métodos han cambiado mucho–. Este cadáver ya no es ninguna persona, está cosificado de la forma más extrema posible, exiliado del mundo de los vivos, de nosotros. Es la imagen de una muerte extremadamente aséptica que, además, no le pertenece a nadie. Es más que sobrecogedora porque significa la expulsión de toda humanidad.

  7. Bea Giovanelli dice:

    Una cámara mortuoria de los tiempos modernos, donde hace poco hubo vida. La luz roja en el televisor como testigo mudo de una actividad que cesó momentos atrás. Podría ser mi cuerpo o el de un ser querido. Pero ¿qué es lo que tanto nos perturba? ¿La muerte que nos lleva? ¿El asesinato del virus o la forma en que nos despiden?

    Yo veo un cuerpo amortajado por el plástico, símbolo de nuestros tiempos, que todo lo invade. Practicidad dirían algunos. Insensibilidad otros. La muerte nos acecha diariamente, no solo por un virus, sino porque en el momento que nacimos, ya morimos. No hay más verdad que lo que somos: Perecederos, la gran sombra que nos acompaña y a la cual tememos como un mal sueño.

    Cuando una vida se va, nuestro cuerpo es el mudo testigo de lo que fue, cómo la luz roja.
    Somos un instante en la existencia del universo

  8. María Paula Díaz dice:

    Esta imagen es brutal y nos remece con un doble impacto. Por un lado, nos evidencia como cuerpos caídos y desechados ¡vamos a morir¡ Por otro, ese cuerpo muerto, que ya nos amenaza como imagen, nos puede matar y transformar al igual que el en un cuerpo desechado. Desde la muerte nos contagia.

    Lo siniestro aparece en esta doble amenaza y ¡el vernos¡… ¡porque estamos todos ahí en esa foto¡ Lo aislamos para salvarnos de la muerte. La foto al igual que un espejo nos devuelve nuestra propia imagen.

  9. Elie Angles dice:

    Hay algo tenebroso aquí, y no se encuentra en la imagen sino en lo que esta nos da a pensar. No sé trata aquí de hacer una ética de la fotografía en general ni de la foto de reportaje o documental pues esas son capas adicionales detrás de las cuales, desde mi modo de entender las imágenes y la psique, nos guarecemos para esquivar un hecho concreto y que ha sido bastante mencionado en las reflexiones de este post: somos mortales, pero más allá de eso y en este momento, somos vulnerables todos. Eso es lo perturbador de esta imagen para mí. Se trata, evidentemente de una imagen espejo en la que me reflejo y veo reflejados a los que quiero, a los que no tienen cómo defenderse, cómo afrontar situaciones adversas, pero también a quienes irresponsablemente minimizan la gravedad de la Pandemia en pro, quien sabe (o, mejor dicho, claramente) de intereses particulares.

    A partir de aquí, la imagen dispara dardos en diferentes direcciones sobre las que reflexionar y, nuevamente la Imagen Fotográfica abre caminos de pensamiento que es, finalmente, lo que se requiere, siempre.

  10. Paula Fernández Bañuelos dice:

    Hacer una reflexión sobre la representación fotográfica en el contexto de la pandemia de la Covid 19 y, en concreto, de esta imagen de Joshua Irwandi, puede suponer entrar en polémica sobre cuestiones éticas, pero no quiero detenerme en ello más de lo necesario. Tal vez tiene que ver con que formo parte de una cultura, la gallega, donde la relación con el mundo de la muerte, sus ritos y costumbres, se concibe de un modo más cercano que en otras culturas. Personalmente, no me genera un dilema ni me hiere una imagen que me parece limpia, significativa, una manera de documentar una durísima realidad con una gran sensibilidad y con el acierto de elegir y de mostrar para ello el final de la lucha y la ausencia ya de sufrimiento en un ser anónimo. Hay una voluntad estética y significativa, un estilo propio, más allá de lo puramente documental.

    Hablamos de un fotoperiodista, fotógrafo documental, reportero gráfico -como queramos llamarlo- que expone con equilibrio compositivo, que no con frialdad, ese paso de lo animado a lo inane, con ello consigue que lo asumamos, que estemos alerta, que nos sintamos identificados e igualados al constatar esa realidad de cerca. Además de que vivimos en un mundo donde demandamos, exigimos casi, queremos ver, plasmar en imagen la realidad para creerla.

    El fotógrafo nos introduce en un espacio en el que nadie quiere estar y, después de resbalar sobre ese cuerpo, nuestra vista salta incómoda por encima de él, pero nos devuelve el reflejo del cuarto donde estamos y nos detiene obligándonos a seguir el dominio de las líneas horizontales, estáticas, frente a un marco espacial de simetrías en un ambiente hospitalario frío, aséptico, desasosegante siempre; aún así la fotografía muestra, tanto esa frialdad de la muerte, su soledad, su aislamiento en esa estancia que se nos antoja vacía, como la calidez humana de los cuidados y esfuerzos médicos que adivinamos. Hay algo sagrado, hierático en la solemnidad de esa disposición. Aún así, quiero ver sobre esa cama la calidez de una crisálida -en un proceso a la inversa- en la que quedó transformado ese ser y que me hace acercarme, aunque al mismo tiempo me genere una gran inquietud envuelta en un material tan frío como el plástico que sustituye a la tradicional sábana. Pero aquí la intención no es preservar el cuerpo para el más allá, sino preservarnos del contagio de la enfermedad y es así como esta fotografía consigue tranquilizarnos mostrando su aislamiento.

  11. Jaime Rázuri dice:

    Comentarios de alumnos de fotografía del Centro de la Imagen en Lima, Perú.

    Le da voz al fotoperiodista de denunciar y exigir conciencia a su país que, como en muchos otros, ciertas autoridades gubernamentales no han tomado en serio la enfermedad generada por el COVID-19 poniendo en peligro la vida de millones de personas… Sin embargo, el uso indiscriminado de compartir imágenes, como es muy común hoy en día, puede causar desinformación y descontextualizar la verdadera intención con la que fue creada.

    Un registro que nos presenta la deshumanización de aquel cuerpo incluso desde el momento en que se conoce la infección de la pandemia en dicha persona. Por otra parte, nos presenta una crítica a la propia humanidad, cuestiona nuestros propios actos, nuestra indiferencia, podría pensar en los familiares de aquella persona, en cómo actuar ante esta crisis, cómo buscar un equilibrio entre lo ético y lo moral.

    Un ser querido se va de nuestro lado y había un ritual para despedirlo. Irwandi nos dice con una imagen que ese ritual de despedida no se aplicará en este caso porque es un cuerpo peligroso, o fue un cuerpo. Envuelto en cintas y en plástico, sobre una cama, en un cuarto vacío. No hay nadie que lo despida, solo aquella persona y el reflejo del fotógrafo, que otra vez hago hincapié, es el reflejo de todos nosotros. Me gusta la analogía que hace Mariano Horenstein.

    1. graciela de oliveira dice:

      ¡Hola alumnos del Centro de la imagen! Qué lindo encontrarlos aquí. Estoy participando del seminario La ética en el arte de Camnitzer, tal vez alguno de ustedes también, y en la fotografía los bordes de lo que es o no ético se desdibujan tanto! Vamos a necesitar varios seminarios más para hablar de esos subproductos: desinformación, ponerse en el lugar del otro o grupo fotografiado, del fotógrafo también, en ese “reflejo de todos nosotros” en el que los roles pueden variar y cualquiera puede estar a uno u otro lado de la cámara. Saludos

  12. Mariana Szulman dice:

    Somos creadores de realidades toxicas, hasta a la muerte la plastificamos.

    Aunque pareciera que la muerte nos está rondando, creo que no le podemos mirar de frente. Siento que hay un mensaje detrás de la pandemia, el “no” derecho a morir. Pareciera que ahorita no te podés morir, ni el ritual de la muerte es permitido, se ha plastificado hasta lo sagrado.

    Pareciera que deberíamos vivir sin enfermedades, sin deterioros, sin arrugas, sin marcas… la pandemia también es una creación y construcción de realidades, la normativa pasó a ser el miedo… miedo a sentir… miedo a estornudar… miedo a tocarse.

    La burbuja del aislamiento tecnológico está triunfando.

    1. graciela de oliveira dice:

      Querida Mariana! qué linda sorpresa encontrarte en estos comentarios (hace ya un tiempo que Buenos Aires está tan lejos!). No hay derecho ni a enfermarse ni a morir, como decís! ni de tocar a otros. ¿Te das cuenta que ahora nos encontramos en las redes como antes en las calles?, nos decimos hola en ellas, con miedo o resignación, pero también con alegría, al final es el medio posible hoy. ¿Cómo demoler el aislamiento tecnológico? Las tecnologías de la amistad ayudan, creo! Abrazoooo

  13. Martin Obreque-Gallegos dice:

    ¿Por qué nos aterra tanto el plástico? La envoltura de un cuerpo inanimado casi igual a la de las carnes selladas al vacío que compramos en el supermercado; esas sobre las que no reparamos en su condición al vacío, fría y de vidas totalmente ultrajadas de la posibilidad de ser vividas. ¿Por qué nos genera repulsión enfrentarnos con la posibilidad de que nuestra excepcionalidad humana sea amenazada, de ver a lo humano en tanto calidad de lomo vetado? Así como lo comento, todo suena muy polémico, poco intuitivo y hasta ofensivo, pero me gustaría ofrecer una lectura desde la materialidad del plástico hacia condiciones globales que la pandemia provocó: problemas respiratorios. Creo que la potencialidad de la imagen, más allá del espanto inmediato, está en –haciendo eco con José Pablo (en su libro Delitos Fotográficos)– las posibilidades narrativas que vehicula sobre la actualidad de pandemia, pero que no aparecen sino por nuestra conciencia, deseos y miedos. ¿Qué nos dice la foto de nosotros?

    Para mí el plástico en la imagen es y simboliza ahogo absoluto; estar aislado, agobiado, sin posibilidad de un respiro. Naturalmente ello nos generaría repulsión, pero además es contingente a sentimientos comunes en pandemia. Por un lado, la ansiedad y agobio por el confinamiento, la sensación de aislamiento social y la presión aplastante de una casa que se vuelve todo sobre nosotros. Por otro lado, las dificultades respiratorias suscitadas por la posibilidad de vernos a nosotros mismos o a nuestros seres queridos como animales de supermercado: envueltos en plástico. Lo que repelemos no es la foto, sino estas posibilidades que sentimos cada vez más actuales. El paralelo que hago con la carne de supermercado no es fortuito. Esta y otra pandemias tienen entre sus causas posibles un consumo irresponsable de animales no-humanos; y ‘consumo’ es una palabra moderada para el genocidio. En mi opinión, que la foto sea pie a estas reflexiones del lado oscuro de la pandemia la hace una imagen valiosa y dolorosa, como la vida misma.

    ¡Muchas gracias a todos por sus comentarios!

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