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La mirada oblicua siguiente

Graciela De Oliveira, Mariano Horenstein, Ros Boisier, Luis González Palma

Espacio para el pensamiento y la reflexión crítica sobre el sentido y el significado de imágenes de la pandemia del COVID-19

Federico Ríos
© Federico Rios

Graciela De Oliveria

Este viaje tuvo muchos muertos sin nombres.

Quibdó es nuestro destino final y esta ‘historia sencilla’ de Federico Ríos me lleva a un similar helicóptero de la fuerza aérea que, meses atrás y desde la sierra colombiana, trasladó a un hombre —también contagiado— que se dedicaba a accionar políticas ecologistas para hacer frente a descontrolados proyectos neoliberales de minería y turismo que afectan a su pueblo.

Pedí a nuestro amigo en común, Felipe Agudelo Tenorio, que nos hable de él:

José de los Santos Sauma —Cabildo de los indios Kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta— fue el jefe político de su tribu. Algo muy notable, pues los koguis son los indígenas más religiosos de todo Colombia, una especie de teocracia donde sus personajes más relevantes son los sacerdotes o chamanes a los cuales ellos nombran Mamas. Santos no era un Mama y, sin embargo, resultó electo para ese alto cargo. Era un hombre de cuarenta y tantos años. Súper inteligente y con el cual me agradaba conversar. Su formación se la debió, en parte, a un amigo en común, Camilo Arbeláez, que es un médico que ha trabajado con las tribus de la Sierra Nevada —los Koguis, los Aruahacos, los Wiwas y Kaukuamos— durante treinta años. Los Kogui son considerados los Tibetanos de América del Sur. Son maravillosos en su organización, resistencia y sabiduría ancestral. Hace unos años hicimos un libro con ellos y recogimos las enseñanzas de sus sabios, casi todos rondando los cien años. Hicimos es un decir, pues solo coordinamos y conseguimos recursos, ellos hicieron gran parte del libro e, incluso, tomaron las fotografías. 

El caso es que Santos estaba en una reunión de autoridades de las diversas tribus que se hacen periódicamente en lugares especiales de las partes altas y frías de la Sierra. Reuniones que no tienen límites en el uso de la palabra y suelen durar varios días. Allí Santos se contagió del virus y se puso mal muy rápido. Hubo que sacarlo en un helicóptero del ejército y trasladarlo a un hospital en Santa Marta. Murió el pasado 6 de agosto. Una tragedia por todo el tema de las costumbres funerarias. Camilo me dijo que luego de la muerte de Santos estos pueblos se aislaron en sus territorios logrando controlar el brote epidémico principalmente con su medicina tradicional. Desde entonces no ha habido ni un solo muerto más.

¡Qué proceso de retroalimentación han realizado los koguis para llegar al hecho democrático de elegir un líder sorteando la tradición de la herencia del cetro!

Otro hecho que vuelve real la no-ficción americanista de la antropofagia oswaldiana. “Política y poética que —indios y no indios mezclados— podemos retomar en nuevos términos cada vez” (Schavelzon y Viveiros de Castro, 2008).

Agradezco la elección de las fotografías sudamericanas de esta propuesta. Recortes de realidad que me han permitido ‘oblicuar la mirada’ y compartir sobre actuales colonizaciones (teóricas, reales, glocales, cotidianas, pandémicas…) que hace años hago el esfuerzo para distinguirlas porque históricamente vienen disfrazadas como descolonización.

Mariano Horenstein

Caucho, vinilo, poliestireno, látex, polietileno. Una postal de ciencia ficción sin magia en la que el plástico prevalece: en guantes y antiparras, en tapabocas y cubiertas, en ventanas, calzado, atuendos. La asepsia torpe e inimaginable que en vez de al futuro nos conduce al pasado, el de la peste.

La imagen, de colores estridentes y fealdad calculada, prescinde de toda belleza, de todo romanticismo. Su banda de sonido está constituida apenas por dos hilos de respiración y el zumbido de las turbinas que rugen desde afuera como mar de fondo.

Que llevemos a las víctimas en aviones y no en carromatos no cambia demasiado la composición de la escena. Un vuelo es más eficiente que una caravana, tanto para transportar a los enfermos como a los virus. Fuera de eso, no estamos lejos del Medioevo y la escena relata la misma fragilidad e impotencia que deben haber sentido los europeos cuando la peste negra los acechaba como un implacable asesino serial.

Tras el plástico que vela todo tacto humano, dos miradas subsisten. La del cuidador mirando la víctima transportada, imaginando quizás que podría ser él, podría ser cualquiera de nosotros quien yace en el capullo plástico como si se tratara de un nicho descartable.

La otra mirada, la del enfermo, debo adivinarla. Aunque parece destinada a marcar una época, tanto como aquella del agonizante paciente de SIDA que, por su parecido a Cristo, Benetton eligiera para una publicidad inquietante.

Viendo esta fotografía, la especie humana luce tan pero tan frágil que solo cabe asombrarse de su supervivencia.

Ros Boisier

La manifestación
En una hoja cuadriculada colmada de garabatos inconclusos trazo una figura para entender lo que la fotografía de Federico Rios simboliza en mí. La figura es un círculo irregular que remarco con insistencia hasta enmarañar su imperfección.

El contexto
La imagen de Rios forma parte de un reportaje en el que registra las evacuaciones aeromédicas de pacientes Covid de la selva colombiana. También pone fin a La mirada oblicua. Si sitúo en un mismo plano de visión la fotografía de Joshua Irwandi que inauguró la sección, en la que se ve un cuerpo amortajado sobre una cama de hospital, junto a esta imagen de un traslado aéreo de emergencia, deduzco que ambas escenas podrían constituir una misma secuencia y que lo que ellas representan posibilita la lectura de un relato abierto y generalizado de la condición humana y específico y temporal (también mundial) de la pandemia: la primera es la consecuencia mortal de haber padecido el virus; la segunda es un instante intermedio, una transición por salvar una vida contagiada.

El reclamo
Esta no es la idea detrás del círculo. Relacionar la fotografía de Irwandi con la de Rios no completa el círculo, lo rebasa. El círculo enmarañado son las consecuencias arraigadas, como surcos en la tierra, de una pandemia inesperada. Día tras días hacemos más profunda la hendidura. Llevamos una vida normal sin serlo mientras nos hacemos a la idea de la prolongación de esta circunstancia. Somos, más que nunca, seres en tránsito que, al adoptar esa condición, apenas nos dejamos afligir, pues nada nos punza tanto como al estar confinados; privados, contenidos.
(Nos focalizamos en sobrevivir)

Lo excepcional es ahora lo ‘normal’ y lo que fue ‘normal’ es ahora prohibido.

Seguimos ensanchando el círculo.

El fin
Las fotografías de la pandemia están dentro del círculo.
Ya no nos sorprenden, nos habitan.
Somos las imágenes de la pandemia.
Todas, todos, imágenes de una pandemia.
Personas que caminan en círculo.

Personas en tránsito, personas que esperan.

Luis González Palma

Esta sección empezó con la imagen de una persona envuelta en plástico encerrada dentro de los muros de un hospital y termina con la fotografía de otra persona dentro de una cápsula también de plástico en un helicóptero médico. Varios meses distan entre una foto y la otra, pero al observarlas se hace evidente que en este tiempo la relación entre cuerpo y cuerpo se ha modificado radicalmente.

Toda imagen fotográfica implica una distancia, tanto temporal como espacial. Hemos visto imágenes sobre la pandemia, las vemos con la prudente distancia de la representación. Nos emocionan, nos afectan, pero no nos enferman, no nos contagian.

Las imágenes funcionan como ese plástico que aísla y protege a un enfermo. Son símbolos asépticos para nuestro metabolismo, pero no para nuestra memoria y recuerdo, ya que no solamente reconstruyen un pasado, sino que, mientras lo ocultan, lo muestran simbólicamente como un presente siempre ya pasado, anacrónico, vivo.

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Lo que nombramos como ‘arte’ es el espacio de la duda, de la sospecha, es el espacio que pone signos de interrogación sobre el mundo. Tiene la misión de renovar siempre las preguntas fundamentales. Desde esta perspectiva es necesario, a modo de cierre, el formularnos algunas preguntas que le den sentido a ‘la mirada oblicua’. Las posibles respuestas quedarán flotando, sabiendo que siempre serán insuficientes y  mutantes.

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Si lo que es realmente importante no es la fotografía en sí, sino la articulación que esta tiene con el mundo, con las relaciones de poder, con las nuevas formas de habitarlo, con su tiempo, con los cambios tecnológicos, sus rituales, etc… ¿Qué necesitamos para tener una mirada renovada, no domesticada, que nos ayude a ver y expresar nuestras realidades e historias de formas más inclusivas y diversas?

Si siempre que vemos una fotografía la vemos investida con todas nuestras historias personales, políticas, ideológicas y sociales, sujetas a una pedagogía de la mirada, entonces: ¿qué desafíos tendremos que afrontar para comprender este momento histórico desde una perspectiva desvinculada de un proyecto universalizante, abierta a formas alternativas de conocer y representar la enfermedad y el temor?

¿Habremos brindado con las fotografías que hemos discutido, otras opciones para imaginar, de una forma distinta, lo que nombramos el ‘mundo’?


La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirectora de LUR a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

1 comentario

  1. Manuel Iglesias dice:

    Gracias por vuestras palabras, compendio de muchas de nuestras miradas, que siguen siendo oblicuas.

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