fbpx
anterior cerrar

La mirada oblicua siguiente

Graciela De Oliveira, Mariano Horenstein, Ros Boisier, Luis González Palma

Espacio para el pensamiento y la reflexión crítica sobre el sentido y el significado de imágenes de la pandemia del COVID-19

Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos

Luis González Palma
© Juan Ignacio Blanco

Graciela De Oliveria

Viajar por tierra desde Lima a Mendoza es un recorrido que hacen muchos jóvenes mochileros europeos y americanos. Bordeando los Andes recorren la frontera entre Bolivia y Chile e ingresan a la provincia de Jujuy, donde empieza (o termina) la Ruta del vino argentino. Itinerario turístico que se extiende hasta la Patagonia, tiene su capital en Mendoza y desde el puerto de Buenos Aires envía los vinos al mundo.

Año tras año y desde 1936 se realiza la Fiesta Nacional de la Vendimia en Mendoza, un evento folclórico y popular de los más importantes del país, que sólo fue suspendido en años de crisis políticas y económicas. Desde 1986, sin interrupción, cada año de diciembre a febrero se vienen realizando los acostumbrados eventos vitivinícolas que culminan en la fiesta central con la elección de la reina de la vendimia. Esta fotografía de Juan Ignacio Blanco plantea la posible suspensión del evento para 2021, el motivo lo ilustra el mismo retrato con barbijo de Sofía Leyes, electa reina de la vendimia el pasado febrero, poco antes de la pandemia.

Puntadas de no-ficción sobre reinas y vinos:

Las uvas se vuelven vino  porque echan de menos el dulzor de nuestra embriaguez… escribió el poeta Rumi, en el S. XIII.

En Perú a mediados del S. XVI se cultivó en la hacienda Marcahuasi, Cuzco, el primer viñedo de Sudamérica, traído por los colonizadores españoles para el vino de la misa.

Martina vive en Venezuela, un país productor de reinas de belleza. Ella dice que quien tiene una larga vida puede estar mal dos veces. Actualmente muchas reinas venezolanas, afectadas por la escasez de glamour en su país, huyen —como antes Martina huyó de la guerra española— a otros países.

¿Qué itinerario propone la ruta que hace el muchacho-casa de Montevideo?

El periodista Craig Welch dice que esta primavera, en la muy católica región italiana de Bérgamo, donde nació Juan XXIII (el Papa bueno), cientos de personas han muerto solas.

Fred Ritchin, decano del Centro Internacional de Fotografía, comenta que es indudable que la fotografía de un actual cadáver momificado: “Te hace sentir terror”. Las antiguas momias de la realeza egipcia y sus mausoleos, en cambio, hacen sentir fascinación.

Sofía, la reina de la vendimia de Godoy Cruz porta una liviana corona de un año, continúa estudiando y a pesar de la pandemia sigue interesada en la concientización del maltrato y abandono animal.

Sofía, la reina de España, carga su corona hace décadas y está ahora totalmente afectada por una viralización mediática.

Mariano Horenstein

Algún día, cuando todo esto haya pasado, quien realice el inventario de las imágenes de la pandemia advertirá lo que se repite: retratos en los que bocas y narices aparecen tanto o más tapados que senos o genitales; ciudades desiertas; ingentes cantidades de polietileno o látex envolviendo zonas de contacto; el espacio entre los cuerpos —incluso entre fotógrafo y modelo— convertido en protagonista.

Una reina de la vendimia, a años luz de cuando eran las vendimiadoras con manos callosas quienes competían por el puesto, es una reina tan artificiosa como podría serlo la reina de la primavera o la del carnaval o la de corazones. Su corona de piedras falsas, su prendedor de frutos de plástico, los grafitis rayados en el empapelado, la acercan más a una muñeca de torta de casamiento que a una representante de la realeza. Desde el cartón pintado del artificio, la joven rezuma ilusión. Aunque más no sea la de desfilar en un carruaje por el Carrusel o la Vía Blanca de las reinas, la de convertirse quizás, con suerte, en reina nacional.

Hoy, cuando fiestas populares como las de la Vendimia que acompañaron mi infancia son apenas remedos —distancia social mediante— de lo que supieron ser, el artificio se exacerba y desnuda la vacuidad de la realeza. De toda realeza, lo mismo da que se trate de una vendimia de provincia que de la casa de los Windsor o los Borbones.

Por suerte nos quedan las miradas. Esas miradas que ningún tapabocas logra ocultar y que aquí se conjuga y confunde con el precario turquesa del fondo, escenografía pobre de un reinado efímero.

Y la sombra. Cuando la palabra ‘corona’ se ha convertido en nombre de un virus, una sombra en una fotografía no alude sino a la muerte. Esa muerte que toda imagen conjura y convoca a la vez.

Ros Boisier

Nunca quise ser reina. Me aterraba la posibilidad de adquirir ese protagonismo impostado. Bailar un vals con un rey ficticio y escenificar una perfecta noche de ensueño no entraban en mis planes juveniles, tampoco en mis expectativas existenciales. Nunca soñé con ser reina.

Ser reina en un año maldito es un acto de supervivencia cultural, de adaptación social, de empoderamiento comunitario, un logro que no entiendo tan irreal como posible. Sin embargo, la joven de la fotografía que representa la iconografía de la ilusión adolescente no expresa la emoción de la victoria. Es imposible que esos sobrios ojos verdes transmitan la satisfacción de un sueño cumplido. Algo no anda bien detrás de la mascarilla que cubre casi la mitad de su rostro. Esta reina sabe que el año de su reinado será recordado como uno de los más sombríos de la historia reciente de la humanidad. Y ella, la reina del año atípico, cargará con esa sombra densa cuando su corona haga de testigo y reliquia.

No sé lo que significa desear ser reina, esa ilusión inocente. Ahora entiendo que desmarcarme (sin saberlo) de ese sueño común me liberó de la frustración y de la envidia por no representar a esa figura heredada de la fantasía tradicional de nuestra cultura. Desear ser reina es una metáfora de algo que aún no sé pero que la vida me enseñará.

Mientras avanzamos hacia el año de la vacuna, (sobre)vivir (a) esta pandemia sin más tragedias y pérdidas será el desafío individual y colectivo definitivo, sin príncipes azules que nos rescaten de vidas miserables, sin condenarnos a finales felices que no existen, sin relatos fantásticos que nos sometan al consumo y nos conduzcan a tener más que a ser, sin princesas ni reinas estereotipadas con cuerpos imposibles, sin estigmatizar la vida de las niñas que nunca serán reinas.   

Luis González Palma

Fotografiar es ver con ojos ajenos.
Posiblemente siempre lo son, posiblemente en el acto fotográfico los perdemos del todo para ver lo que no hay. Es la única oportunidad que tenemos para acechar lo Real, algo que usualmente se nos escapa, como el momento en el instante del parpadeo.
Posiblemente, la cámara sea esa grieta tecnológica que nos posibilita el encuentro con lo que ansiamos develar. Hablo de ‘encuentro’ en el sentido de sorpresa y de lucha.

No vemos lo que vemos, vemos lo que necesitamos ver.

Un potente flash era lo necesario para arrinconar a una mujer. La potencia de su luz la empuja como si el propio mundo la empujara y la dejara sin vías de escape.
Su imagen queda aplastada sobre un muro que parece un paraíso frondoso, descascarado y húmedo, iluminado por una luz mortecina y fría que atraviesa y aplana la escena. Aplana todo: un vida, un sueño, una frágil corona.

De esta forma surge proyectada una sombra densa y negra.

Más que ominosa, esta imagen es sombría.
Esa sería la palabra correcta.
Puede ser que la sombra sea la real protagonista, la mujer simplemente la hace visible. La lleva consigo como un fantasma, la carga en la espalda. En esta fotografía, esa mancha negra le invade el rostro hasta cubrirle la boca y ocultar parcialmente su rostro tímido y triste.

¿Qué vemos cuando vemos a esta joven mujer paralizada en un pequeño rincón de una habitación?
Simplemente que una triste fiesta ha comenzado. Lo que sigue es el intento de no fatigar la esperanza.


La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirectora de LUR a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *