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La mirada oblicua siguiente

Graciela De Oliveira, Mariano Horenstein, Ros Boisier y Luis González Palma
Opinión

Espacio para el pensamiento y la reflexión crítica sobre el sentido y el significado de imágenes de la pandemia del COVID-19

“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”. Luis González Palma

© Gabriele Galimberti

Graciela De Oliveria

Se ha podido viajar de Montevideo a Milán durante la cuarentena porque el aeropuerto uruguayo se ha mantenido abierto.

Pero en esta fotografía hay otro viaje: al pasado reciente. Pasaron seis meses desde que esa mujer fuera retratada por Gabriele Galimberti contemplando un ataúd en la morgue de uno de los mayores cementerios de Milán.

“¿Cómo podemos llorar la pérdida cuando el coronavirus nos obliga a separarnos?” Pregunta Craig Welch en la nota de National Geographic que esta y otras fotografías ilustran con reflexiones sobre cómo la pandemia ha cambiado los ritos funerarios.

En la imagen, del rostro de la mujer que contempla, sólo vemos el reflejo en eco por el doble vidrio que separa el pasillo de la sala, otra manifestación de que la imagen especular continúa siendo un motivo alegórico para el encuadre fotográfico. Entre los dos vidrios, la inerte cámara de aire resulta ser el único espacio incontaminado, fuera de allí todo está afectado y puede ser contagioso.

Craig menciona que Paula Bronstein, quien documentó guerras, terremotos y hambrunas, no estuvo preparada para ver —desde un coche de alquiler—cómo enterraban el ataúd de su padre. Muchas preguntas podrían desprenderse de estas declaraciones.

¿Cómo encaran sus trabajos los profesionales de la comunicación cuando el que se muere es un desconocido? ¿Cuánto pueden documentar —por mor de— sin anestesia emocional?

Craig también trae a su nota a George Bonanno, quien hablando del duelo nos asegura que el dolor y la tristeza “son muy adaptables” y que, estadísticamente, casi dos tercios vuelven a la normalidad tras unos pocos meses, un cuarto tardan uno o dos años, y del cinco al diez por ciento pueden necesitar muchos años para afrontar una pérdida.

¿Ilustra la fotografía de Gabriele Galimberti estas declaraciones?, ¿asiente él con ellas? ¿Hasta qué punto acuerdan los fotógrafos las notas periodísticas que sus imágenes acompañan?

Duelo y trabajo:
En Indonesia el fotógrafo Joshua retrató un cadáver momificado al estilo siglo XXI.
En Caracas, la abuela Martina tiene, aunque un poco abandonado, un taller de costura para hacer algo en casa.
En Milán, Gabriele retrata un reflejo humano frente a su doble posibilidad de muerte. O quizá sea un retrato de la humanidad del Norte toda y sus mausoleos asépticos.
Desde Montevideo Matilde me corrige que no fue en la Rambla Gandhi donde tomó la fotografía —aunque alguna vez irá por allí el muchacho-casa, supongo—. Fue en la Rambla Sur, me dijo.

Que el Sur sea nuestro Norte, propuso Torres García en 1943.

En el Sur, tantas muertes se producen a la intemperie y son enterradas en fosas comunes. Desde hace siglos. Y los duelos aún prosiguen.

Mariano Horenstein

¿Cuál es el centro de gravedad de una imagen? El punctum, ese anzuelo en donde muerde nuestra mirada es un asunto de quien mira, atado a cómo la imagen gatilla circuitos diferentes en cada espectador. Nuestro modo de mirar es también un modo —único— de responder a los estímulos del mundo. Cada quien mira lo que puede, desde dónde puede.

Como siempre, aunque aquí de modo más notable, es la imagen la que nos mira. Mejor dicho, un par de rostros enmascarados (¿o son uno en realidad?) miran el cajón de madera lustrada, sobrio envoltorio de un cuerpo al que solo puede velarse tras un vidrio.

Habrá alguien para quien la nitidez del féretro sobre ruedas capture su mirada. En mi caso son los ojos que miran quienes me atrapan. Suele representarse a la muerte de modo brumoso, fantasmático. En cambio aquí son los rostros los que se difuminan y el cajón aparece inapelable. Sin nadie que lo empuje, podría pasarse una eternidad allí.

Nos toca un tiempo en el que los rituales están condicionados. La muerte precisa de rituales, bajo pena de prolongar el dolor ad infinitum. La pandemia obliga a despedirse de lejos, potencia la soledad de los muertos tanto como la de los vivos.

Fotografiar también es un ritual, un modo donde lo que se pierde logra socializarse. Aunque sea a través de un cortejo de pantallas. Aquí y allí, por medio mundo, la imagen desplegada en nuestras pantallas consigue restituir la compañía, la dignidad de una despedida.

La trama de pequeños mosaicos grises de la pared parece un tapiz apretado de ceros y unos, una trama digital que acentúa el carácter fantasmático de lo que se muestra. También los números en los papeles, el orden de los muertos quizás, replican ese efecto: de algún modo, nuestras biografías pueden codificarse como un puñado de ceros y unos. Nos ilusionamos con tener cuerpos, historias, vínculos, y al final del camino nos encontramos reducidos a una cadena numérica.

La peste, por momentos, pareciera destilar algunas marcas de la especie que la normalidad a la que estábamos acostumbrados velaba.

Ros Boisier

La distancia no solventa el temor por el deseo. Prolongada incertidumbre. Devenir en pérdida la vida. Distancia entre unos reflejos que son cuerpo y un cuerpo hermético oculto. La cercanía emocional también como distancia, como distancia de alerta. Marcar distancia para la despedida. La distancia como frustración. La imposibilidad de la despedida por distancia obligada, esa que funciona como señal de peligro y que respetamos sin opciones, ¿y por miedo? ¿Cómo ejerce el miedo entre un ser amado que hemos perdido y la propia vida? ¿Cómo gestionamos una despedida tan abrupta, estructurada y restrictiva?, ¿es esta situación límite un consuelo ante la pérdida? No lo sé, no quiero saberlo. Saber aquí es haberlo vivido.

Esta imagen de la pérdida, de la despedida, de la distancia y de la espera es consecuencia de unas circunstancias y a la vez predicción de unos acontecimientos, ambos lamentables. Si en un momento la ignorancia nos había exculpado, ahora, esa entendida ignorancia… La respuesta correrá a cargo de la Historia, ella dispondrá ante nosotros su inteligencia para permitirnos analizar con perspectiva, mientras tanto, las preguntas no cesan porque es la herramienta (como la imagen también lo es), con la que interpelamos, nos interpelamos: entonces, quiero saber (para conocer) ¿cuántas escenas como esta o como la de la fotografía de Joshua Irwandi necesitamos ver para comprender la relevancia del momento que estamos viviendo? O, acaso, ¿debemos vivir las circunstancias, padecerlas, porque las imágenes y los relatos nos distancian de los hechos más que acercarnos a ellos? Este no es un cuestionamiento hacia aquellos que no se resignan a sacrificarse por el bien común, tampoco la reafirmación para los resignados, es la interpretación de algunos hechos recientes mediante la lectura de datos y la observación social.

Luis González Palma

Toda persona que muere, muere sola, pero no del todo. En la cultura occidental la despedida de un ser querido es un ritual y, como todo ritual, tiene sus reglas, sus secuencias y su tiempo. El ritual de despedida es indispensable para empezar a elaborar el duelo.

La pandemia ha modificado nuestros rituales de muerte. Las medidas preventivas no permiten la cercanía, ni con el muerto, ni con el féretro, y en general, tampoco con los seres cercanos y con ello se genera una experiencia inédita relacionada con el velatorio, el entierro o la incineración.

En relación a esta foto, percibimos la totalidad de un instante cuyo foco se centra en ver un féretro. Cualquier otro detalle carece de toda importancia.

Pero, ¿qué es lo que estas dos personas (no el fotógrafo que las registra) ven cuando ven ese féretro? ¿Qué pasa por sus cabezas al ver ese ‘recipiente’ en donde morará eternamente su ser querido? Pienso que al ver un féretro no vemos lo que vemos: un espacio ocupado por un cuerpo muerto, habitado por millones de bacterias que trabajaran para desnudar a un esqueleto. Todo lo contrario, vemos un manojo de recuerdos visuales, olfativos, táctiles y sonoros que se entremezclan, se sobreponen, se entrecruzan. Recordamos con los ojos vaciados: no vemos, sentimos. Es así porque una parte nuestra muere con el otro. Nuestra mirada se cancela y, perdiendo su sentido, muere por un tiempo. El féretro no es una imagen fija, es una especie de pantalla en donde proyectamos la pérdida.

Podría aventurarme a decir que nuestras vidas transcurren en espacios dentro de espacios. La piel humana es la frontera de nuestro cuerpo, el féretro funciona como una piel simbólica para el cadáver, el cementerio, la piel de donde se encontrará lo que llamamos ‘la última morada’. Un nicho tapiado y una lápida para el olvido. Espacios dentro de espacios, pensados y construidos para albergar memorias que el tiempo se encargará de disolver y convertir en olvidos.


La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirectora de LUR a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

5 comentarios

  1. Martín M. dice:

    En el contexto en que vivimos, ¿no es acaso esta imagen una invitación a considerar, como tantas otras veces, la certeza que tiene la muerte frente a lo efímero de la vida? La forma en que se difumina la mujer mirando al féretro, cómo desaparece, cómo se divide incluso uno frente a la contemplación de la muerte dejando de ser aquello que fuimos y convirtiéndonos en un retazo del dolor o proyectando ese futuro que carga con el peso de la ausencia del otro que deja de ser.

    Me pregunto si la muerte, al vernos, también sería capaz de hacer esa interrogante fotográfica de: ¿qué miras cuándo me miras? Pero sobre todo, ¿qué miras cuando me miras a través de una fotografía? La imagen ciertamente nos habla de un presente, al informarnos sobre el contexto que nos toca enfrentar, pero también nos permite proyectar un futuro, aunque especulativo, en el que cada espectador se enfrenta a la posibilidad latente de tener que lidiar con la partida de alguien y entonces uno empieza a crear este escenario en el que alguien más te fotografía contemplando el cajón y perdiéndose a uno mismo en esa mirada. Alguna vez se mencionaba el hecho de que miramos fotografías de muerte para reafirmar nuestra seguridad en el mundo, mientras sea el otro, mientras sea el personaje que habita la imagen el que muere y yo pueda verlo, sabré que sigo vivo. Pero en esta imagen no contemplamos la muerte como tal y es quizás eso lo que rompe la premisa anterior. Nos enfrentamos más bien a la contemplación de la muerte, al momento en que alguien tiene que afrontar la pérdida y, en ese caso, ya la seguridad no se siente tan cómoda.

    1. Ros Boisier dice:

      Hola Martín, tus palabras me invitan a releerlas y a evocar la fotografía que aquí observamos y que nos interroga. Algunas preguntas suscitan respuestas que son ideas y que no llegan a ser reflexión…

      La certeza de la muerte a la que haces referencia se significa, desde mi punto de vista, viviendo la pérdida definitiva y experimentando la imposibilidad de la despedida, incluso ante la incertidumbre de saber, con esa misma certeza, que el cuerpo en el féretro es el del ser amado (no lo sé, no lo sabemos). Han sido las reglas ante las circunstancias que han marcado esa distancia, ese no estar seguros. Como dices, “la seguridad no se siente tan cómoda”, la seguridad se ha vuelto incómoda mientras negociamos con la ambigüedad y la inestabilidad cotidiana. Y en el fondo de nuestras preocupaciones, sabemos de nuestra finitud y, sin embargo, pongo en duda la consciencia ‘real’ que tenemos sobre, esta, nuestra condición de la naturaleza…

      Saludos

  2. Lyonell Quiroz Rodríguez dice:

    Para todos los seres humanos es necesario superar en vida la separación de la soledad, el desamor y todo aquello que implique la desunión. Este fenómeno de la pandemia nos arroja al abismo más grande para los seres humanos, la separación de todos, de los más cercanos y del hecho del amor por el otro. Con la muerte tan cerca se crea un miedo y una angustia mayor a la vivida, por condiciones de vida particulares, por ser conscientes de caer dentro de un monstruo con solo respirar en sociedad, entre nuestros seres queridos o con acompañar a nuestros enfermos junto a su lecho de muerte. Si la muerte producía rechazo de forma natural, los actos de despedida se desvanecen.

  3. marie-geneviève alquier b. dice:

    Ésta es para mi una imagen perversa, donde algunos elementos sirven para desviar la mirada de este ataud situado a la derecha, en un espacio gélido alicatado y, se supone, higienizado al máximo.

    Allí la muerte está sola, desconectada de todos nosotros, en este tiempo de prudencia extrema, de aislamiento recomendado u obligado.

    No se sabe qué son estos elementos metálicos y fríos en primer plano. No sabemos hacia donde miran esas dos caras enmascaradas: en un juego de reflejo parecen alejar la vista de lo único importante: el féretro y el cadaver que imaginamos dentro y al que debemos un último homenaje, un adios lejano pero cálido: tal vez con ese pequeño ramillete de flores, él también aseptizado por un celofán que nadie ha tenido el valor de quitar para forzar un poco de naturalidad en esta escena, en este espacio.

    Una imagen desolada, muy desoladora.

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