anterior cerrar

La mirada oblicua

Opinión y debate

Espacio para el pensamiento y la reflexión crítica sobre el sentido y el significado de imágenes de la pandemia del COVID-19

“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”. Luis González Palma

© Matilde Campodónico

Graciela De Oliveria

Yo fui ocupado por todo lo que perdí

Gabo Ferro

En estos viajes propuestos por LUR a través de fotografías —ligadas por la pandemia— voy tratando de develar ciertas conexiones entre la realidad que recorta cada imagen, los diversos aislamientos y mis inquietudes actuales.

Matilde Campodónico, fotógrafa, dice que todo ahora tiene que ver con el cuerpo, que no nos podemos tocar, y es cierto.

Pero el acto de fotografiar siempre ha implicando la distancia con el otro, ‘distancia’ que sabemos, tiene su lado oscuro. La toma se queda con la imagen sin tocar al retratado, quien la mayoría de las veces desconoce que fue ‘capturado’.

Otra distancia es practicada por quienes vemos imágenes ya publicadas y las comentamos. Es inevitable mirarlas a través de nuestro estado anímico presente y, en este momento particular, queremos explicarnos algo de lo que nos está ocurriendo.

En los registros actuales centrados en el aislamiento entre personas y lugares, percibo ciertos mensajes vinculantes, cierta información inconsciente y colectiva. Porque la incertidumbre provoca una supresión de futuro como ideal a lograr y trae un pasado que, tal vez, no hubiera aparecido antes.

No hablo de recuerdos (con los que trabajo mucho en mis investigaciones), sino del retorno de anteriores microacciones que practicábamos sobre el cuerpo, la casa, el patio, el barrio, los espacios abiertos de la ciudad.

Y sí, en este contexto no es raro tener la necesidad de ‘vincular’ lo que se pueda, el pasado con el ahora, el presente con la casa, la soledad con actividades inventadas (salir a caminar, tomar fotos, escribir comentarios en las redes). Por eso —desde una mirada oblicua y con imaginación— les invito a pensar otras no-ficciones con estas coincidencias vinculadas a la ciudad y a la casa:

Una performance no anunciada ocurre frente al Río de la Plata,
un muchacho camina con una casa en la cabeza por la simbólica rambla de Montevideo,
la Rambla Sur,
expectante, Matilde sale con su cámara a registrar escenas de la ciudad,
una acción solitaria quiere ser registrada,
en Uruguay nunca hubo cuarentena obligatoria.

En Indonesia el joven fotorreportero Joshua, afectado por un bombardeo mediático viral, se retiró a la seguridad de su casa.

En Caracas, la abuela Martina está siempre en su casa y tiene a su familia a salvo de la pandemia.

En Montevideo el muchacho-casa (que hubiera hecho sonreír a Louise Bourgeois) sale cada tanto al espacio público con una casa para los pensamientos, suyos y nuestros.

Mariano Horenstein

La figura es la de un militante introvertido a quien la fotógrafa sorprende mientras camina a lo largo de la rambla. Podría ir de cara descubierta y aun escamotearle al otro su ser, pero este muchacho toma precauciones y se oculta una y otra y otra vez. Se oculta tras su barba, tras su barbijo, tras la máscara que se ha construido y usa a modo de yelmo.

Es la contraparte perfecta del rostro que se ofrece al fotógrafo en el estudio, o incluso de aquel que se entrega fugazmente al cazador furtivo. Ese rostro que se entrega a quien lo captura para construir una obra en colaboración.

Aquí quien aparece en la imagen se ausenta mientras se deja ver, convertido en hombre sándwich, en pancarta. Su proclama ambulante, en la que quizás crea, es sin embargo un oxímoron o una burla: invita a quedarse en casa mientras pasea a la vera del río.

El joven, convertido en espectro o en caracol con su casa a cuestas, lleva escritas en sí tres palabras que habrán definido una época. Mucho más que un eslogan, tres palabras que son una respuesta inmunitaria social, y a la vez asunción de nuestra fragilidad.

Como un quijote tímido recién apeado de su caballo, también nos habla de cómo las palabras y las casas —además de las cosas— configuran nuestros pequeños mundos, cómo la mente se ambienta amoldándose al espacio que la acoge, cómo lo familiar es la matriz que esculpe silenciosamente nuestro cerebro.

Mientras, se las ingenia para sentirse en casa en cualquier lado.

Ros Boisier

Salir a la calle y ser indignante. Escenificar una anécdota. Una anécdota peligrosa. Indignante. Una figura que indigna y el paisaje que calma, que sana.

El paisaje a pesar de todo.

La gracia. Representación de lo ligero con mar de fondo. Encuadre de lo espontáneo, de lo ordinario. Andar pausado, evadirse del mundo. ¿Por desprecio?, ¿por rebeldía?, ¿por inconsciencia? Ser indignante y no saberlo.

Ser ligeros cuando la muerte nos apague, ligeros de un modo definitivo, radical, seres profundamente ligeros. Ligeros con sentido.

Salir a la calle y ser indignante. Indignar. La diadema de la ironía, hueca por simpatía. La sonrisa del cómplice que NO se indigna. ¡Indignante!

Libertad, respeto, tolerancia, igualdad, justicia. Recursos democráticos para seres (in)civilizados, estandarte de la condición humana, de la estupidez encarnada en sí misma, en la anécdota, en la (des)gracia. Democracia para hacer, democracia para decir. Solidaridad para el vulnerable. Democracia para empatizar. Para equilibrar.

No hay gracia. No hay simpatía. Sí provocación por ironía. Muerte por imprudencia civil.

Salir a la calle y ser indignante. Indignar. Ser imprudente.
Diagnóstico: antipatía.

Salto al horizonte. Calma en el paisaje. Contraste por equilibrio. Sosiego. Ver la pillería e indignarse. Decencia en la denuncia. Violencia en la denuncia por reproche. Reproche y violencia por antipatía. No hay gracia. No hay simpatía.

Hay imagen, hay palabras, hay paisaje.
Hay indignación por empatía.

Luis González Palma

Esta fotografía nos presenta una gran ironía. Puedo entender la necesidad adolescente de desmantelar una medida social a partir de un gesto performático, es decir, usando el cuerpo como medio para mostrar una experiencia que no deja una huella escrita. Este gesto o acción sirve para mostrar socialmente la paradoja: salir de casa, sin salir de ella. Esta casa, más que una máscara es una especie de casco, lo protege, pero lo limita. ¿La lleva a cuestas, o es ella la que lo lleva a él?

En realidad, estamos sujetos a nuestras primeras experiencias, al espacio y al contexto en donde las vivimos: la casa, su jardín, el barrio, el país. Usualmente utilizo una frase que, de tanto mencionarla, me la he apropiado: “Nadie sale ileso de la infancia”. La utilizo porque intento decir que la llevamos a cuesta y con ello nuestra visión del mundo, por muy limitada o amplia que estasea. Somos seres que vivimos a la intemperie, no hay albergue posible que nos pueda proteger o aislar.

Si la fotografía de este joven caminando por la calle hubiera sido tomada en un momento ‘prepandémico’, ¿qué pensaríamos? Una posible lectura sería que, quien tuvo la suerte de tener una casa, aunque quiera salir de ella, independientemente de las condiciones en las que viva, no puede; de alguna forma, siempre está en ella, ya que simbólicamente la lleva a cuestas aunque no lo perciba, y viéndolo así, esta imagen es la representación visual de un oxímoron.

Pienso que la idea de ‘casa’, en sentido metafórico, es ese espacio/tiempo poroso en donde se construye la idea de hogar y, por lo tanto, la de la relación con el otro y con el mundo. Es parte constitutiva de nuestra subjetividad. Posiblemente lo que esta imagen muestra es que es imposible resolver la paradoja que presenta porque siempre acarreamos la casa fundacional. Vagabundeamos por la vida con la herida oculta, caminando por ciudades semivacías y temerosas. 

Para ser más preciso, una de las preguntas que esta imagen me sugiere es: ¿no será que la verdadera casa es el cráneo?


La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirectora de LUR a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

1 comentario

  1. Nuria Palao dice:

    Como el mensaje “quédate en casa” puede reivindicar ser libre, salir al mundo. Me quedo en casa, estoy dentro de ella, mi mundo , yo en el. Mi casa es mi cabeza, la llevo puesta, y con ella mi responsabilidad para con el mundo. Ser responsables de lo que es tu casa. Está dentro de ti, es el mundo que vives, cuídalo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *