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Escribir para perderme

Carlos Losilla

AL ABORDAJE

Termina el verano y van desapareciendo las imágenes que crea, paradójicamente concebidas en un régimen de estricta invisibilidad. En la playa, con los ojos cerrados, las olas y las voces se oyen siempre en la lejanía, llegan como si fueran sombras que no acaban de tomar forma pero tampoco se resignan a desaparecer del todo, condenadas a una existencia meramente mental, a lo que soy capaz de imaginar de ellas. En la cama, por las noches, los acontecimientos del día, o de los meses anteriores, se mezclan entre sí en una rara vigilia ligeramente previa al sueño, en siluetas que no puedo ver pero sí intuir. Mientras camino, o paseo, o hablo, el mundo alrededor aparece y desaparece sometido a una trémula intermitencia, y las figuras se desvanecen en su propio e incesante movimiento. Me gusta esta indefinición constante, esta sensación de estar y no estar, de ver y no ver, que solo es posible si se asocia a la atmósfera del verano junto al mar, y me pregunto si en el fondo no se corresponde con el cine que me ha conmovido y divertido desde siempre, desde que era niño, en aquel otro espacio que ahora recuerdo igualmente acuático: nada ha quedado claro ni se ha mostrado nítido en las pantallas que me han seducido, pues una vez vistas las imágenes han pasado a ser mías y se han abandonado inmediatamente a una laxitud que las ha hecho borrosas, inasibles, en perfecta superposición a los procesos mentales que me sirven para intentar descifrarlas, esa misión imposible.

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Leo La cartuja de Parma (1839) y localizo en ella esa misma vibración que no se apaga. Fabrizio del Dongo se presenta en la batalla de Waterloo con ánimo de participar activamente en la refriega y solo logra merodear por los alrededores, entrever las consecuencias del combate, toparse con quienes huyen de allí malheridos o con los que piensan descansar un poco y reorganizarse para volver a la lucha. Nunca tendrá ocasión de contemplar el esplendor de los ejércitos en formación o la crueldad y el caos de la guerra. Jamás participará en el cuerpo a cuerpo ni gozará, como pretendía, de la gloria subsiguiente, y sin embargo olerá y verá la sangre, pues el espanto y la muerte no dejan se ser un efecto que puede expandirse más allá del meollo central en el que se desarrollan las acciones principales de una batalla. La visión que Fabrizio acaba teniendo de la guerra es fragmentaria y parcial, y al no ver nada directamente solo puede imaginar simulacros a partir de restos y vestigios. Y lo mismo ocurre en su relación con Clelia, la mujer de la que se enamora estando prisionero en un torreón gobernado por el padre de ella. Privada del contacto directo, de  la visión y del tacto, la pareja se comunica mediante cartas y señales en la lejanía, e incluso llega a inventar un lenguaje secreto que solo ellos comprenden y entienden. En estas condiciones, si alguna vez se ven de cerca y se hablan, pueden llegar a ser víctimas de una conmoción de tales proporciones que los precipite hacia el colapso. Ni las palabras ni los signos, entonces, sirven ya para nada. El lenguaje es incapaz de describir no solo aquello que está muy lejos como para darse a ver con claridad, como le ocurrió a Fabrizio en Waterloo, sino también lo que se nos acerca en demasía sin haber tenido posibilidad de anunciarse, como le sucede en su historia de amor con Clelia. Y Stendhal, el autor, es también víctima de este desequilibrio de la percepción que acaba afectando a la escritura.

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Veo por enésima vez Chinatown (1974), la enigmática película de Roman Polanski, y creo intuir en la figura del detective Jake Gittes, al que da vida Jack Nicholson, la misma dificultad a la hora de captar las imágenes que caracteriza a Fabrizio y que yo mismo he creído experimentar en este verano que se acaba. Perdido en el laberinto de un caso que poco a poco se le escapa de las manos, Gittes está convencido de perseguir un objetivo cuando en realidad se trata de otra cosa, de un espejismo inextricable, como las sombras que aparecen en las aguas que Polanski filma sin descanso. El investigador baraja mentalmente causas políticas y morales, llega a pensar que todo es una gran conspiración que proviene de las altas esferas, y en cambio no se da cuenta hasta el final de que el enigma no tiene solución. O de que cualquier intento de resolverlo tiene que pasar necesariamente por su persona, por ese pasado que una vez vivió y que se repite una y otra vez, que lo devuelve sin cesar al punto de partida. Mientras tanto, cree ver e interpretar, pero solo vislumbra indicios y extrae conclusiones siempre apresuradas e inexactas. ¿Y acaso no es ese el destino de cualquier ‘investigador’, de todo el que pretenda ‘interpretar’ y ‘deducir’, incluso en el terreno ‘textual’, que dirían los semiólogos? ¿No se parece Jake Gittes a Fabrizio del Dongo, condendos ambos a recorrer los alrededores de lo que de verdad importa, a ver solo sus efectos retardados, a conformarse con la imagen de la imagen? ¿Y cuál es esa imagen central, el meollo en cuestión, la esencia de la que hablamos incansablemente sin poder verla ni saber qué es?

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Cada vez confío menos en las propiedades lingüísticas de las distintas artes, y apenas creo ya en eso de que cada arte tiene su lenguaje. Lo que me seduce del cine, de la literatura o de la pintura viene a ser lo mismo, una única cosa, y no tiene nada que ver con interpretaciones o hermenéuticas. Me fijo en que utilizo el verbo ‘seducir’ y ello me convence aún más de lo que estoy diciendo. Cuando leo o cuando miro, también cuando escucho, no atiendo a ninguna razón, no me entrego a ejercicio alguno de desciframiento lógico. Cada vez me siento menos activo en esos menesteres y, por el contrario, me dejo llevar por oleadas de sensaciones, de intuiciones, incluso de presentimientos o corazonadas. En efecto, me pongo en disposición de dejarme ‘seducir’, y todo lo demás depende del artefacto que tenga ante mí, o a mi alrededor, de su modo de funcionar para atraer mi atención y provocarme determinadas reacciones. Pues se trata, sí, de un ‘artefacto’, pero no rige en él ley alguna, como tampoco en mí. Una película o una novela son máquinas de provocar deseos, pero no lo hacen según un lenguaje predeterminado, sino que a su vez dependen de otra gran máquina que las unifica, quizá una ‘máquina del sentido’ o algo semejante. Y así van ensayando estrategias de acercamiento, prueban modos de infiltración para alterar el funcionamiento normal del cuerpo y la mente de quien los observa desde el exterior. ¿Qué pretenden con ello? Quizá acercarnos al núcleo del que surgen todos esos desafíos, todas esas incitaciones, pues ni siquiera ellas, las máquinas en cuestión, saben dónde está ni qué pretende, cuál es su intención al enviar esos efluvios.

Tanto La cartuja de Parma como Chinatown comparten un espacio, o cohabitan en una zona común, capaz de emitir esas irradiaciones. Es un territorio caótico en el que conviven el dolor y el placer, donde se oculta un fuego interior e inextinguible, un caos impenetrable: una masa ígnea que no se puede ver y de la que no se puede hablar con propiedad, pero que a la vez se presta dócilmente a la especulación, sin duda para llevarnos a error, para que creamos tener razón mientras nos equivocamos y regresamos a ella, mientras volvemos a empezar e incluso a convencernos, de nuevo, de que estamos en lo cierto. Nunca es así, como les ocurría a Fabrizio del Dongo y a Jake Gittes, aprendices de teóricos torpes e ingenuos (git, en inglés, significa ‘estúpido’ o ‘tonto’)  que acaban perdiéndose para siempre en sus propias cavilaciones. Y espejos de mí mismo, que, como ellos, solo puedo encontrar un goce en todo esto, una modesta mitigación del deseo, que consiste en acercarme una y otra vez a la pantalla translúcida que parece rodear y proteger a todas esas máquinas con la intención de averiguar de qué están hechas y qué las hace funcionar de esa manera. Ya utilicé para ello el cine o la literatura, la pintura o la música, el motor es siempre el mismo, por mucho que cambie de apariencia según se insinúe en imágenes, palabras, sonidos o manchas de color. No hay ‘artes’, solo un gran foco que emite esos rayos que confunden y ciegan y, en el exterior, unos cuantos intentamos adivinar qué se nos quiere decir con esa actividad incesante.

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Empeñarse en entrever esa máquina a través de la pantalla translúcida que la rodea y protege puede convertirse en una obsesión, algo que suele enmascararse tras un intrincado bosque de palabras que no significan nada. Pues el ‘cinéfilo’ y el ‘amante’ o amateur de la literatura y la pintura,  el ‘aficionado’ a la música e incluso el ‘especialista’ en cualquiera de esas disciplinas inexistentes, creadas para disimular la condición inaccesible de la máquina, forman parte de una única condición existencial: el que busca y nunca encuentra, el que se pierde en dédalos de sentido que no conducen a conclusión alguna. El placer que suponen las sucesivas aproximaciones es idéntico al malestar que provocan los continuos fracasos, por otra parte el único territorio al que se nos permite acceder para que deambulemos un poco a su alrededor. Y es ahí donde quiero perderme, no en las migas de pan dispuestas para que me aleje de esas inmediaciones por las que aún puedo pasear, que todavía me procuran algún que otro regocijo. Cuando veo cine, todo parece guiarme hacia una zona, una especie de parque temático en el que me salen al paso títulos de películas, nombres de actores o técnicos, multitud de fechas y anécdotas de rodajes, montones de cifras y datos vomitados por una industria insaciable… ¿Por qué todo eso, que antes me entretenía e incluso consideraba esencial para acercarme a las imágenes, me sume ahora en un tedio indescriptible? ¿Deberé admitir, a partir de ahí, que ya no me gusta el cine? ¿O seré capaz de impugnarlo como supuesto objeto de mi deseo y decir que lo que me empuja hacia ese abismo es ya otra cosa? La respuesta, en la próxima y última entrega de estos imprudentes abordajes.


En esta sección Carlos Losilla se lanza al abordaje. Primero, para hablar del cine que lo rodea, que es el de su tiempo y el que debe entender día a día, sin descanso y asumiendo todos los obstáculos al respecto. Segundo, para buscar la mejor manera de escribir sobre él, lo cual teme que suponga otra lucha a brazo partido. Y tercero, para cuestionarse a sí mismo como alguien que escribe sobre cine, para ver si eso le basta o no, o qué será de ese intento de abordaje.

Si te ha gustado (o no) lo que acabas de leer, puedes hacérselo saber a Carlos Losilla y a nuestros lectores dejando un comentario.

3 comentarios

  1. José María de Orbe dice:

    “No hay ‘artes’, solo un gran foco que emite esos rayos que confunden y ciegan y, en el exterior, unos cuantos intentamos adivinar qué se nos quiere decir con esa actividad incesante”.

    Coincido contigo. La experiencia sensorial es lo que mueve las entrañas.

    “Dejarse seducir” dices también. Si me permites, yo añadiría, y recuperar la ingenuidad perdida. ¡Qué gozo!

    A mí me seduce más un truco visual de Hitchcock, que toda la técnica cinematográfica actual. En su tosca recreación de la realidad hay más verdad.

    Volver la mirada al origen; ser.

    Gracias por tus palabras, Carlos
    Abrazo

    1. Carlos Losilla dice:

      Gracias a ti, José María. Sí, claro, el gozo y el origen: hay que recuperar eso y relanzarlo, repensarlo…

      Un abrazo

  2. nosecualesminombre dice:

    Como un fabuloso mordisco a un bocadillo al pie de una montaña. Nos atraviesa más de lo que lo comprendemos.

    Me fascina ese párrafo final donde, después de quitar el envoltorio, te hallas ante esa misma nada que te sedujo.

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