‘La pregunta abierta’ plantea un mismo interrogante a diferentes voces de España y Latinoamérica vinculadas con la fotografía contemporánea y el fotolibro
Interrogar la presencia o la ausencia del texto en un fotolibro permite repensar las formas en que leemos, interpretamos y habitamos las imágenes. ¿Qué función puede —o debe— desempeñar la palabra en relación con las imágenes? ¿De qué manera su inclusión condiciona la lectura visual? ¿Y qué tipo de tensiones, aperturas o interferencias puede generar su presencia o su omisión? Responden Laura Carbonell, Cristian Ordoñez, Fosi Vegue, Martín Estol, Miguel Ángel Felipe, Verónica Fieiras yMartín Bollati.
Laura Carbonell
Los libros de fotografía pueden sostenerse sin la presencia de un texto. Sin embargo, en muchos casos, la incorporación de leyendas, poemas, recortes de prensa, testimonios, ensayos o entrevistas aporta una profundidad significativa. El lector puede sentir la pulsación de las imágenes, adentrarse en un universo visual y oír esa multiplicidad de voces que vienen a enriquecer la experiencia del libro.
En algunas ocasiones, el texto pretende posicionarse como una mera declaración de intenciones para justificar la presencia de las imágenes: les asigna un contexto, un lugar, una razón de ser. Todo ese discurso que rodea a las imágenes busca dotarlas de un valor añadido, como si, en muchos casos, no pudieran sostenerse por sí mismas. Esto ocurre con frecuencia en libros de intención documental, pero no siempre es así: a veces, los textos están ahí para acompañar y reforzar el tono poético de un libro o bien para aportar una dimensión testimonial que enriquece su lectura.
Sea cual sea el caso, la presencia del texto plantea siempre una cuestión fundamental: ¿pueden las fotografías tener un lenguaje propio y valerse por sí mismas?
Los puristas dirán que sí. Sin embargo, convendría hacer el ejercicio de leer un libro sin sus textos y luego volver a él con ellos, para comprender hasta qué punto ambos elementos pueden dialogar, complementarse y enriquecerse mutuamente.
Cristian Ordoñez
Es relativo; depende de cada proyecto, y no creo que el texto deba estar necesariamente siempre presente. Me parece interesante que no exista un único camino. El texto puede desarrollarse de diversas maneras. Por ejemplo, puede trabajar de forma continua con las imágenes, reforzando su sentido; puede explicarlas desde una perspectiva teórica; o puede existir como una voz paralela, transmitiendo la esencia de la narrativa de una manera más abstracta y abierta.
Esta abstracción o ambigüedad puede, a su vez, presentarse en forma de fragmentos o estructurarse poéticamente. Por supuesto, cualquiera de estas estrategias —u otras— debe alinearse con la intención del proyecto.
Creo que la ausencia de texto en un fotolibro genera mayor tensión y ambigüedad en las imágenes, invitando a una interpretación más libre. En ese caso, el propio título puede cobrar —o no— una importancia significativa.
Fosi Vegue
Todo dependerá de la naturaleza de cada proyecto y de las intenciones de su creador. Podemos distinguir entre textos que funcionan como anexos y textos que forman parte de la obra fotográfica o interactúan con ella.
En la primera categoría, un texto puede llegar a destripar torpemente el contenido del libro, fruto del celo del artista ante una posible debilidad de su discurso visual. Por el contrario, también puede ofrecer, de forma sutil, las claves precisas para una mejor comprensión del proyecto. Otras veces, la palabra y la imagen se complementan de manera equilibrada y ambas gozan de su propia autonomía.
Un texto puede funcionar como un pie de foto que active la lectura de la imagen; puede añadir complejidad, avanzar sobre ella e interactuar, otorgándole un nuevo sentido. Incluso puede llegar a usurpar el papel asignado a la imagen, convertirse en el detonante de su evocación y prescindir por completo de su presencia.
Martín Estoll
Comenzaría por diferenciar dos tipos de textos: aquellos que forman parte de la secuencia, parte de la obra, y aquellos otros que cumplen un rol de paratexto.
Para el primer tipo, los que integran la obra, no creo que exista una respuesta normalizada a esta pregunta. Podríamos, del mismo modo, preguntarnos qué función puede o debe tener el paisaje, o el retrato.
En cuanto al paratexto, su función es completar el contenido que es necesario comunicar: aportar información que no está —y quizás no puede estar— en las imágenes ni en su secuencia. En estos casos, su presencia suele estar definida por el objetivo de la publicación y por la audiencia a la que espera llegar.
En relación con las tensiones entre texto e imagen, es tan importante lo que se dice como lo que se omite. Si los textos complementan la información visual o provocan un anclaje de las imágenes, su mayor o menor presencia puede permitir al lector lecturas más libres, interpretaciones no previstas por el autor; lecturas más activas, quizás. El problema evidente que puede surgir en estos casos es el de la redundancia —y su contracara, la ilustración—.
Miguel Ángel Felipe
El texto es un elemento más, pero muy determinante. No solo importa su presencia o ausencia, sino —en el primer caso— el lugar que ocupa en el fotolibro y cómo se relaciona con el discurso visual. La relación más básica —y fundamental en los procesos de educación a través de la fotografía— es la ilustrativa. A menudo se tiende a mirar con desdén esta relación, pese a su indudable importancia. La foto de nuestro pasaporte o documento de identidad, por ejemplo, afirma que la persona que está allí somos nosotros, al poner en relación nuestro nombre con una imagen.
Sin embargo, en la construcción de una obra, el texto pasa a ser un elemento constitutivo. Borges —y después muchos otros— comienza la ficción desde el prólogo. Leer ese prólogo como algo aparte, instalado en una verdad no imaginada, produce el equívoco que hace aún más increíble lo fantástico del resto de la obra.
Verónica Fieras
Si el receptor tiene, a priori, disponibilidad para recorrer un conjunto de imágenes, la lectura irrumpe e interrumpe. Esto puede ser bueno o malo, según lo que se busque. La mente se alerta y se dispone a trabajar de otra manera. También dependerá de la extensión del texto. Un texto muy corto, bien situado y con las palabras adecuadas, puede tener la misma función que una imagen e incluso una potencia mayor. O bien, podría funcionar como un abrazo al receptor, una forma de acercarlo al relato visual cuando su nivel de codificación sea alto. Todo dependerá de la naturaleza e intención del proyecto y de cómo los textos —así como su extensión, tono y ubicación— sumen o resten al conjunto, al libro.
Martín Bollati
Escribí un libro entero sobre esto. Se titula Texto nazi. La premisa del libro plantea que, ante un texto, una fotografía siempre se repliega y se deja dominar. Es difícil desactivar esa operación. El texto evoca al otro histórico que yace en la imagen fotográfica, producto de su condición indicial (al menos en una de sus acepciones, la fotografía está vinculada a este eje). El texto le hace decir a la fotografía lo que él quiere. Es una disputa complicada.
Hoy esta tensión se intensifica con la idea del fake o con la irrupción de imágenes de semejanza fotográfica generadas sintéticamente. Aun así, sigo pensando que la lógica opera de igual manera.
Imagen fotográfica = Imagen fotográfica
Texto = Texto
Imagen fotográfica + Texto = Texto
Laura Carbonell es curadora. Cristian Ordoñez es fotógrafo, diseñador gráfico y editor. Fosi Vegue es fotógrafo y docente. Martín Estol es fotógrafo y docente. Miguel Ángel Felipe es editor y fotógrafo bajo el seudónimo Elde Gelos. Verónica Fieiras es artista visual, editora y gestora cultural. Martín Bollati es artista visual, editor y docente.
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En la época en la que compraba revistas de fotografía no me gustaba que los artículos que la componían tuvieran poco texto. Eso de que en media hora estuviera ‘leída’ no me gustaba nada. Con el fotolibro me pasa un poco lo mismo: creo que un texto puede complementarlo de diferentes formas, como han comentado los participantes en esta entrega de La pregunta abierta. Respecto a la aseveración de Martín Bollati, opino que no siempre es así; dependerá de la potencia de la imagen, de la del propio texto, de su relación con la fotografía… Se me ocurren muchas fotografías indomables que podrán ser reforzadas mediante la palabra, pero difícilmente vencidas por esta. En una exposición fotográfica los pies de fotos a menudo son derrotados y lo mismo puede pasar en un fotolibro. Un texto es texto cuando es leído. Y aunque en ocasiones puede ser cierto que le haga decir a la fotografía lo que él quiere, también lo es que hay fotografías que obligan al texto a decir lo que las imágenes nos cuentan. En este caso creo que las fórmulas son reduccionistas ya que una imagen puede ‘ser’ o evocar un texto y cuando leemos convertimos los textos en imágenes. Y aquí llegamos a la relación entre la fotografía y la literatura: todo un mundo por explorar.