Paradójicamente, los ríos fluyen y se agitan, pero las palabras que los designan se mantienen quietas. Las masas de agua se resisten a ser renombradas.
Valeria Mata
El agua es un elemento necesario e insustituible para nuestro planeta, no solo como soporte biológico, sino como el principal artífice del relieve de la superficie terrestre. Su ausencia supone la ausencia de vida y de movimiento, porque, en esencia, el agua no está quieta, y cuando lo está, se corrompe y se vuelve insalubre. Por ello, el agua define territorios, establece poblaciones e influye en la construcción de las identidades culturales de cada región.
El proyecto Entre las aguas, de Ana Núñez Rodríguez, tiene su raíz, justamente, en el agua y en su ausencia. Concretamente, en el año 2017, en Galicia, donde tuvo lugar un periodo atípico que se convirtió en el más cálido y seco de la historia reciente, con una falta de lluvias durante gran parte del año —especialmente en otoño—, lo que redujo drásticamente las reservas hídricas, incluso en depósitos utilizados para la lucha contra los incendios, que ese año fueron numerosos y devastadores. En un territorio cuya identidad se encuentra tan ligada al agua y a su influencia como es el gallego, la conmoción afectiva y emocional resultó considerable, sobre todo en las zonas rurales, donde la búsqueda de agua se convirtió en una prioridad. Es aquí donde el encuentro de la autora con la práctica ancestral del zahorismo[^1] —o radiestesia— marca la base conceptual de este proyecto, cuyo trasfondo se centra en la forma en que nos relacionamos, entendemos y percibimos la naturaleza. Un trabajo que está acometido mediante una postura —no solo fotográfica, sino también conceptual y afectiva— basada en la idea de que el ser humano debe ser parte integrante de la naturaleza, buscando su identidad en el equilibrio y no en la diferenciación o el dominio, rechazando cualquier dinámica que entienda el territorio como una simple fuente de recursos a explotar.
A partir de la cita de Valeria Mata, que encabeza este artículo, cabe preguntarse, ya no desde las palabras, sino desde lo visual: ¿cómo puede abordarse la energía del agua, que fluye, que se agita, que determina un territorio y una identidad?, ¿cómo fijar ese movimiento sin quedarse en una imagen superficial, descriptiva o meramente estética? ¿Y cómo adaptarlo partiendo de una práctica como la radiestesia? Durante la elaboración de este trabajo, Ana Núñez Rodríguez tuvo un encuentro fundamental para el desarrollo y el enfoque de su propuesta en la persona de Manolo, un zahorí, que le expuso una mirada diferente sobre el agua, más allá de su dimensión física, abriendo las cuestiones a espacios ligados a la percepción y a la intuición, ampliando así los límites del conocimiento basado en lo visible, y que, de forma poética, le permitieron establecer un diálogo con la fotografía y su condición de supuesta objetividad.





Desde un punto de vista científico la radiestesia es considerada una pseudociencia, ya que sus resultados no superan los márgenes del azar en experimentos controlados, atribuyendo el movimiento de las varillas del zahorí a un efecto ideomotor, que consiste en movimientos musculares inconscientes derivados de las expectativas o conocimientos previos del usuario. Por ello, y aun cuando existen registros de más de 4.500 años en culturas como la egipcia o la china, la radiestesia ha sido históricamente objeto de controversia. Con independencia de consideraciones, históricas o actuales sobre esta práctica, el zahorí representa una forma diferente de percepción y de pensamiento que se encuadra en un relato mítico que desafía el enfoque racional y cartesiano; y esta es la perspectiva desde la cual se proyecta el trabajo de Ana Núñez Rodríguez, que asume que la rigidez del razonamiento lógico actúa, paradójicamente, como un obstáculo que impide la expansión del conocimiento al negar fenómenos que no encajan en marcos preestablecidos o que consideramos exclusivos en la percepción y comprensión de la realidad. Ello no supone que este proyecto rechace los métodos científicos, sino que apunta en la dirección de que la realidad es un tejido complejo donde la ciencia y el mito deben coexistir.
En cuanto a la propuesta fotográfica y visual, propiamente dicha, Entre las aguas opta por una exploración abierta, instintiva, misteriosa, incluso abstracta —algo que se ve reforzado por el uso de un blanco y negro que destaca las texturas, y que nos sitúa en un espacio atemporal y simbólico—. Apenas encontramos paisajes abiertos y todo se materializa a través de elementos simbólicos, como la aparición reiterada de peces sin ojos, que parecen percibir un mundo que ignoramos, de igual forma que sucede con el zahorí, que accede a una capa de la realidad —los flujos energéticos— que desde una postura racional somos incapaces de ver o sentir. Aparecen también mallas trazadas sobre el terreno, cubos transparentes —estructuras cartesianas puras— que representan el intento humano de compartimentar y dominar el caos y los flujos de la tierra, siendo elementos que se contraponen a la circulación de las corrientes; o nos encontramos con la misma vibración del péndulo empleado por el zahorí, en una secuencia fotográfica que captura el movimiento y que no busca la nitidez sino el desenfoque y la oscilación como una suerte de representación de la interacción dinámica entre el sujeto y los campos energéticos.
Otros elementos simbólicos a los que la autora acude son los fósiles, que remiten a la persistencia de la energía mineral más allá de la escala de la vida humana, vinculando la búsqueda del agua con una memoria geológica, que nos precede y que nos sobrevive. También podemos ver manos que palpan y que ocultan los ojos de un rostro; venas de un brazo, que encarnan el conducto biológico por el que fluye la energía y que señala al cuerpo como herramienta de percepción; incluso aparecen elementos relacionados con la validación científica, como batas blancas sobre fondos negros. En lo fundamental, podría decirse que esta propuesta no busca tanto que el espectador vea, sino que advierta la condición oculta de la naturaleza; de mostrar que la energía y los flujos del agua sobrepasan el marco de una comprensión lógica para dar a entender que existen otros modos de aprehender y de percibir, más allá de los órdenes habituales de conocimiento.
Con estas bases visuales, la forma de este proyecto no puede ser más que fragmentaria, heterogénea, y hasta podría decirse ambigua, en una construcción o conjunto narrativo que debemos comprender de manera diferente a un trabajo fotográfico al uso, puesto que encontramos imágenes que fueron tomadas de lo real, mezcladas con otras procedentes de archivos y algunas construidas o manipuladas mediante puestas en escena. La intención aquí es que las imágenes actúen como instrumentos de percepción de lo intangible, en las cuales caben esferas de conocimiento subjetivo —como la imaginación o el instinto—, por lo que no deben interpretarse como simples representaciones visuales o descriptivas, sino como algo que, tanto individualmente como en su conjunto, trata de mostrar la vibración y la energía de aquello que trata de representarse. Este tipo de lectura, sobre la naturaleza de lo fotográfico, no es nueva por otra parte, y podríamos relacionarla con los intentos de materializar las emanaciones invisibles mediante técnicas como la fotografía Kirlian —que captura descargas eléctricas interpretadas como ‘auras’— o el uso de cámaras radiónicas para fotografiar estados internos del cuerpo y las enfermedades. En Entre las aguas, esta relación con lo fotográfico trasciende dicha noción para convertirse en una metáfora de percepción: un sensor, o una herramienta ‘radiestésica’, por así decirlo, que, emulando los instrumentos del zahorí, busca capturar la memoria y los flujos invisibles de las corrientes de agua, de un lugar, de un territorio. Desde esta perspectiva, la fotografía se transforma en una contranarrativa que integra al ser humano como parte de la naturaleza algo, por otro lado, recurrente en la trayectoria de Ana Núñez Rodríguez.
El proyecto Entre las aguas supone un escalón más en el conjunto del trabajo fotográfico e investigador de esta autora, que viene definido por revelar legados culturales olvidados y por explorar identidades arraigadas en el misterio y en la sensibilidad del cuerpo como herramienta de percepción y conocimiento. Y en este caso, lo hace desde el territorio gallego, del que es oriunda, y a través del agua como elemento identitario y que, bajo las premisas de las que estamos hablando —en las que se trata de ir más allá de lecturas regladas o científicas— puede concebirse y pensarse desde conceptos tan audaces y controvertidos como el de ‘memoria hídrica’, planteada por Masaru Emoto y el inmunólogo Jacques Benveniste, que sugieren que el agua puede recordar sustancias, incluso tras su desaparición física. Un planteamiento que, aunque rechazado por la comunidad científica por falta de pruebas reproducibles, funciona como una potente metáfora poética sobre la persistencia de la historia de los territorios.
Por todo lo dicho, el proyecto de Ana Núñez Rodríguez plantea una reflexión desterritorializada —ya que puede extrapolarse a otros muchos lugares— acerca de la fuerza invariable y a veces invisible del agua, de sus movimientos y dinámicas, en una atención hacia sus huellas y sus rastros; pero también hacia la condición oculta de la naturaleza misma y de su influencia en las identidades territoriales que, por esto mismo, han de examinarse y pensarse más allá de lo aparente e inmediato. Asimismo, es un trabajo que indaga en la herida que separa el conocimiento empírico de la sensibilidad ancestral; un acercamiento a las dicotomías de lo visible y lo no visible y una confrontación de la rigidez de la ciencia frente a la flexibilidad del mito. Una propuesta que sugiere, en definitiva, que bajo el rigor de la metodología científica o de la pretendida objetividad de la imagen fotográfica, circulan corrientes de significado que nos conectan con nuestra esencia más primitiva. Entre las aguas es así una particular metáfora de nuestra propia búsqueda de identidad en un mundo que nos desconecta y que nos aleja de nosotros mismos y de nuestros territorios, por lo que recuperar y potenciar sensibilidades u otras formas de percepción es ese acto necesario de resistencia cultural y la invitación de este proyecto para que nos reconozcamos como parte de una naturaleza que no podemos ignorar ni dejar de lado.
Cómo citar:
CID, Rosendo, “Los flujos invisibles o la resistencia del mito”, LUR, 3 de junio de 2026, https://e-lur.net/articulos/los-flujos-invisibles-o-la-resistencia-del-mit
Artículo vinculado a El paisaje herido, curaduría de Ros Boisier para Sala LUR que reúne proyectos de artistas visuales españoles que reflexionan sobre nuestra relación con los territorios y las transformaciones medioambientales, sociales y políticas que los atraviesan.
Rosendo Cid (Ourense, España, 1974) es un artista y escritor que trabaja en diversos medios, como la escultura, la fotografía, el collage, el dibujo y la práctica textual. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Vigo, con especialidad en Escultura, y completó el bienio de Doctorado en Conocimiento y Producción Artística en la misma universidad. Su trayectoria artística se extiende desde finales de los años noventa hasta la actualidad, con una sólida presencia en la escena del arte contemporáneo gallego y nacional.
Ana Núñez Rodríguez (Lugo, España, 1984) es fotógrafa y artista visual que vive y trabaja entre España y Colombia. En su práctica profundiza en las políticas de la identidad, conectando su experiencia de transitar entre ambas realidades culturales con otras voces y narrativas. Su trabajo interroga los legados coloniales vinculados al mundo natural, las identidades nacionales arraigadas en la naturaleza y las relaciones entre especies humanas y no humanas. Desde una perspectiva crítica, examina las complejidades materiales y políticas de la agencia colonial, desarrollando contranarrativas de poder e identidad.
[^1] Sensibilidad o facultad de ciertas personas para captar radiaciones empleada principalmente para descubrir manantiales subterráneos. El practicante de la radiestesia emplea una varilla —vegetal o metálica— o un péndulo, que sirve de estímulo para la percepción de lo que se busca.
¡Regístrate gratis y no te pierdas este contenido!
Para acceder a contenidos exclusivos como este es necesario tener una cuenta en LUR
Crea tu cuenta y disfruta de las ventajas de estar registrado. Es gratis, rápido y fácil
Si ya estás registrado, inicia sesión


