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La mirada oblicua siguiente

Graciela De Oliveira, Mariano Horenstein, Ros Boisier, Luis González Palma Comentarios 14

Espacio para el pensamiento y la reflexión crítica sobre el sentido y el significado de imágenes de la pandemia del covid-19

Andrea Hernandez
© Andrea Hernández

Graciela De Oliveira

Si en Indonesia la fotografía de un cadáver anónimo causó tremendo debate, fue porque allí venían negando la pandemia a favor de supuestas conveniencias políticas.

En Venezuela, en cambio, las políticas de aislamiento generan conciencia social, aunque también, resignación. Esto viene siendo tema de los reportajes Retratos de la pandemia en América, en los que pareciera que el conformismo americano es generalizado.

Esta fotografía ­nos presenta a la familia de Donato y Martina —matriarca española que vive en Caracas desde joven— ambos ancianos y recluidos por la pandemia. No son actuales las fotografías, Martina cuenta que ella hizo el tejido de palma como soporte y fue pegando en él esos retratos. Como urdimbre vinculante es una metáfora de que la unión familiar está así, actualizada.

Miro el rectángulo y me lo figuro como un meet on line con sus participantes en la pantalla del ordenador: cuánto me gustaría pedir permiso para entrar a esta reunión y recibir de la mano de Martina su gesto ancestral de bendición, que como toda vieja sabia tiene el poder de bendecir a la distancia.

Sus declaraciones me colman de alteridad emocional. A pesar de tanta escasez circundante, su entereza me lleva a recordar a mi abuela, Ironda. Sus padres emigraron de Italia a Brasil en las primeras décadas del 1900. Ella, la hija mayor, siendo aún niña tuvo que ocuparse de sus hermanos y las tareas domésticas tras la muerte prematura de su madre; si hubiera sido la segunda, luego de un varón, igual le hubiera tocado el trabajo, así como ser la única sin tiempo para ir a la escuela. De adulta afrontó una difícil vida de campesina, crió nueve hijos entre las zonas rurales del sur de Brasil y el norte de Argentina. Fue, como Martina y su familia, de esa gente que acepta su destino. Invoco a Ironda porque hablaba como habla Martina, con conciencia de clase y dignidad. Ambas con una humanidad incólume en medio de una realidad detonada en tantos aspectos.

En el portarretratos acariciado por Martina, a excepción de la hija minusválida que cuidó hasta hace poco, todos están vivos.

Es lo que rescata esta foto de Andrea Hernández —y eso podría ser la principal diferencia del contenido grandilocuente de la fotografía de Joshua en Indonesia—; redime la vida simple dentro de una situación generalizada y aterradora, los valores humanos como resistencia a toda calamidad externa. La entrevista le da entidad —fotográfica y textual— a Martina, y un acompañamiento que se extiende al lector. Al menos yo, me quedo en compañía de las voces de las abuelas, antes europeas y ahora de chamanas americanas.

Mariano Horenstein

A esta altura, es sabido que las imágenes nos miran. También se sabe que se mira desde la propia memoria.

Como no existen retinas vírgenes, contaré un breve relato. Mientras hacía mi carrera universitaria, uno de los amigos con quienes vivía tuvo la ocurrencia de inventar una galería de rostros. Recortábamos las caras de los avisos fúnebres del periódico y las pegábamos una al lado de otra en un panel colgado de la pared de nuestro piso de estudiantes. En medio de los rostros que no conocíamos, cada uno de quienes convivíamos pegó una foto carnet con su propio rostro. En una época en la que la muerte es algo que le sucede a los otros, nos mezclábamos con los occisos sin ningún inconveniente. El efecto que generaba pararse frente a nuestra galería de rostros era cómico. Nos veíamos y en el acto reíamos. Sucedió una que otra vez que alguien nos visitaba y reconocía a algún pariente recientemente fallecido. Y reíamos todos nuevamente.

¿Por qué relato esto ahora? Pues porque la imagen me evoca a nuestra antigua galería de rostros, solo que entretanto han pasado más de treinta años, la muerte ya es un dato relevante y no me causa ninguna risa.

Las fotografías miran desde dentro de otra fotografía y lo que se hace presente es la ausencia. La ausencia de los que han migrado o de los que mueren o de quienes crecen y mutan sin que quien mira pueda asistir al placer de ver cambiar subrepticiamente a quienes se ama. Quienes miran desde las fotografías formulan un reclamo sin palabras, interrumpen con su mirada la perorata de los políticos de un bando y otro. Sus miradas se convierten en una exigencia ética.

Y nosotros miramos como la anciana que mira y estira su mano para no alcanzar nunca las imágenes de aquellos a quienes ama. Su mano es mapa y reloj de arena, registra el tiempo que ha transcurrido desde que cada una de las fotografías que pretende tocar fue tomada.

No alcanzamos a tocar el dolor de la ausencia. Pero sí aprendemos algo acerca de nuestra mirada: que puede ser un instrumento capaz de tocar.

Si un ciego puede leer con las manos, nosotros podemos casi tocar mirando.

Ros Boisier

ESCENA 2. INTERIOR / DÍA

— La primera impresión que he tenido al ver esta fotografía de Andrea Hernández es de haberla visto antes.
— ¿Cómo un déjà vu?
— No, como la repetición de una visualidad establecida y validada en los medios de comunicación, como una forma aprendida de mirar, fotografiar y transmitir un mensaje en el cual la fotografía apoya la información de un texto, no al mismo nivel que la palabra ni mucho menos al revés, que la imagen sea la que tiene la función de comunicar por sí misma.

(Pausa)

— ¿A cuántas historias distintas podría acompañar esta fotografía? Me parece que a muchas.
— ¿Acaso esta polivalencia no es una de las cualidades de la imagen fotográfica?

(Pausa)

— Me parece que lo que esta imagen muestra es la representación de la tercera edad, la familia y las clases sociales humildes, temas que transportan por sí solos connotaciones no menos complejas que cuando los tres se constituyen en uno. ¿Tema recurrente?
— Con esta imagen se nos presenta una visión de la vejez y la familia en el contexto de la llamada clase trabajadora. Lo he visto antes, lo hemos visto antes y lo seguiremos viendo, y siempre relacionaremos el mensaje con ese contexto y sus connotaciones porque lo hemos aprendido a interpretar, lo hemos interiorizado.
— Hay algo más en esta fotografía.
— Sí, tras ella y lo que representa hay una historia de vida en un contexto muy concreto: la pandemia y sus consecuencias.
— Pero si vamos más allá de lo que muestra la imagen, es decir, a la información de la entrevista de la que la fotografía forma parte, sabremos que la historia detrás de esta es la de Martina Rodríguez, una española de 87 años que vive en Venezuela desde 1958.
— También sabremos que el portarretratos en el que vemos a sus familiares fue tejido con hojas de palma por ella misma.

(Pausa)

— ¿Podemos separar las imágenes de su contexto, del propósito por el cual fueron hechas, de quién las ha realizado y del medio de comunicación que las ha publicado?
— No, esto no es posible cuando se nos invita a pensar en las imágenes de la pandemia.

(Pausa)

— Mi primera impresión se ha focalizado en lo que me han transmitido los elementos formales de la fotografía y cómo su construcción y significado (el que interpreto) me han servido para buscar y encontrar similitudes con otras imágenes almacenadas en mi memoria. Mi cultura visual ha sesgado mi primer contacto con la imagen. No así la historia de Martina Rodríguez, particular y universal al mismo tiempo, historia que podría ser la de mis antepasados o la mía si llegase a los 87 años. Inmigrantes todos, habitantes de países a un lado y al otro del Atlántico.
— Nuestra empatía se activa cuando pensamos en nosotros mismos…
— No sólo por eso, también cuando nos abstraemos y somos capaces de pensar en la humanidad como una especie condenada a su extinción.
— Cuando eso ocurra, ¿qué pasará con todas las imágenes que hemos construido?

Luis González Palma

Todo en esta fotografía tiene que ver con el tiempo. La imagen central es un collage que representa una cartografía amorosa, un mapa emocional que la mirada recorre con cierta nostalgia. No puedo dejar de imaginar que en este grupo de retratos hay una especie de calendario secreto, ajeno a la temporalidad que norma nuestro uso del tiempo y nuestras actividades cotidianas. Este precario almanaque contiene, en lugar de semanas y días, imágenes afectivas. Es un altar a la memoria.

Las fotografías de estas personas se animan con la mirada de esta mujer que trata de acariciarlas. Sus vínculos amorosos, sus afectos y sus secretos, cobran vida de nuevo ya que al contemplarlas, de alguna forma las acaricia. Estamos ante un calendario imaginario que nos recuerda también la fugacidad de nuestras vidas. Toda imagen es devorada por la luz. Mientras una imagen envejece, otra se va gestando, nace muriendo. El sol ha regulado los tonos de estas fotos, los ha ido desvaneciendo, les ha impuesto un orden, una cronología. Nacemos para morir, nosotros y las imágenes que nos representan.

En este momento en donde la pandemia genera un impasse sobre nuestras vidas y altera nuestra temporalidad, pareciera que todo se detiene; pero es una ilusión, el tiempo dilatado en que vivimos está cargado de miedos y ansiedades que fluyen por nuestras venas. Vivimos un tiempo viscoso, arrugado, como el de la mano temblorosa de la anciana que desea sostener sus recuerdos impresos en cada uno de estos rostros, desea evitar que estas imágenes se disuelvan hasta convertirse en fantasmas que habitan en un reducido rectángulo, vacío y húmedo. En realidad, desea sostenerlas ya que sabe que estas imágenes son, a pesar de su irremediable deterioro, las que la sostienen. Estas cápsulas de tiempos concentrados son las que le dan sentido a su abrumadora incertidumbre.


Sección de ocho entregas en la que Luis González Palma invita a Graciela De Oliveira (directora del proyecto Demolición/Construcción), Mariano Horenstein (psicoanalista) y Ros Boisier (codirectora de LUR) a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del Covid-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

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